VIII. La desintegración del Occidente Islámico

Introducción

Entre las provincias que, progresivamente, hacen la secesión, oponiéndose al poder de los Abasíes de Bagdad, está la Ifrigiyya, que corresponde al actual Túnez. Si unas incursiones árabes alcanzan la Berbería en el 647, la segunda expedición no se produce hasta el 665. Hay que esperar hasta el 670 para que tenga lugar la anexión de Túnez. Simultáneamente, las tropas del Islam fundan la ciudad de Kairuán, que significa «el Campamento». Esta ciudad, que está situada a 150 kilómetros al sur de Túnez y a 60 al oeste de Susa, se alza en un territorio desértico. En el 836, es edificada allí una Gran Mezquita, que hará de Kairuán la cuarta ciudad santa del Islam sunnita.

León emblemático

Sin embargo, la conquista por parte de los Árabes no es fácil: se encuentran con una vigorosa resistencia de los Bizantinos y sobre todo de los Bereberes. El general musulmán Okba ibn Nafii es derrotado en Biskra en el 682. Kosaïla, jefe de la insurrección berebere, consigue entonces expulsar a los invasores árabes que tienen que iniciar nuevas expediciones para apoderarse de Cartago, en el 698. La resistencia, personificada por la Kahina, reina berebere que mantuvo alejados a los Musulmanes, se hizo célebre en el Aurés. Su derrota en el 702 condujo a la arabización del país y de una gran parte del Magreb, bajo el mando de un gobernador que dependía de los Omeyas de Damasco.

Será enrolando a los Bereberes, cuyo modo de vida era parecido al de los habitantes de Arabia, como las fuerzas musulmanas obtendrán espectaculares victorias. Como ya hemos dicho, un ejército guiado por uno de ellos, llamado Tariq, desembarcó en España en el 711. Y el árabe Muza, tomando el relevo, introduce la nueva provincia en el seno de los Omeyas. Pero estos Bereberes, que imponían tasas a los súbditos no árabes, proclamaron su independencia abrazando la herejía de los Kharidjitas de Oriente. Esta doctrina proclamaba la igualdad de todos los musulmanes. Los adeptos de esta corriente comunitaria pura y severa se apoderaron de Kairuán en el 745, poco antes de la caída de los Omeyas. A continuación, hubo un período de vacilación, durante el cual el orden se les escapó a los sunnitas ortodoxos.

Bajo la dinastía de los Aglabíes, que reina entre el 800 y el 909 en la zona este del Norte de África, la ortodoxia religiosa es restaurada en una provincia que es ya semi-independiente. Ibrahim ibn al-Aghlad, emir nombrado por Bagdad, es el autor de este regreso a un poder estable. Vuelve a tomar las riendas desde su castillo llamado Kasr al-Khédim, cerca de Kairuán, donde está rodeado por una guardia pretoriana formada por esclavos negros, y lo hace bajo el signo de la energía. Su sucesor, Ziyadet Allah I, lanza unas expediciones contra Sicilia, de la que llega a apoderarse en el 827. Es él quien, en el 836, edifica el minarete de la Gran Mezquita de Kairuán.

Kairuán y su gran mezquita

La construcción de la mezquita de Kairuán [FIG. 1] se desarrolla en varias fases, a saber: en el 836, en el 862 y en el 875. El edificio, que cubre una superficie de 130 x 80 metros, es decir, 1 hectárea, está cercado por un muro alto en el que se abrían ocho puertas [FIG. 2]. Está formado por un patio de 65 metros de largo por 50 metros de ancho, rodeado de pórticos dobles. El conjunto está dominado por un minarete alto y cuadrado, de tres niveles, que van empequeñeciéndose progresivamente. Este tipo de minarete —que parece derivar del esquema de los antiguos faros, y que hace pensar en el aspecto que las monedas dan al Faro de Alejandría— se extenderá en todo el Magreb y en España, tanto en la Kutubiya de Marrakech como en la Giralda de Sevilla [FIG. 3].

En cuanto a la sala de oración oblonga, está formada por diecisiete naves con arcadas perpendiculares a la kibla [FIG. 4]. La nave central, más ancha, conduce al mihrab, según un esquema que retomará al-Azhar, en El Cairo. De los ocho intercolumnios, el último, a lo largo de la kibla, destaca especialmente. Presenta en su centro una cúpula [FIG. 5] que domina la hornacina que indica la dirección de la plegaria, de manera que estamos ante la típica planta de la mezquita en forma de «T» [FIG. 6]. Se trata de un edificio hipóstilo construido en gran parte con la ayuda de antiguos elementos, tanto para los fustes como para los capiteles. El haram, con su nave central bordeada de columnas pareadas, totaliza ciento sesenta soportes. Las arcadas, como en la mezquita de Amr, en El Cairo, están unidas mediante tirantes a nivel de impostas. Sostienen un techo plano de madera.

La decoración del mihrab [FIG. 7] es de gran interés: está formada por 130 pequeños cuadrados de mayólica con reflejos metálicos, importados de Bagdad. La hornacina propiamente dicha está formada por tablas de mármol, algunas de ellas caladas. Finalmente, el minbar de madera, que presenta los mismos motivos de claustra delicadamente trabajados, data del reinado de Ibrahim ibn al-Aghlad, a comienzos del siglo XI [FIG. 8]. Una cúpula con nervaduras domina el mihrab: descansa sobre un octógono sostenido por cuatro pechinas esquinadas que alternan con arcos del mismo tamaño, que constituyen la transición de la planta cuadrada al círculo. Otra cúpula, en mitad del pórtico sureste del patio, marca la entrada axial de la sala de oración.

Al exterior de las murallas de Kairuán, unos grandes estanques circulares llamados «de los Aglabíes» destinados al abastecimiento de agua de la ciudad, se utilizan como depósitos [FIG. 9]. El más importante es el de Abu Ibrahim Ahmed, del 860, y mide 128 metros de diámetro. Estas obras son el resultado de un sistema hidráulico colosal. Hechas mediante muros de mampostería, están reforzadas por estructuras semicirculares en proyección, a fin de resistir mejor a la presión. Un acueducto de 36 kilómetros, que llevaba el agua desde el oasis Marguelil, las abastece. El estanque principal, precedido por un aljibe de 37 metros de diámetro, está formado en su centro por un islote, sobre el cual dicen que «el emir iba a descansar». Si el hecho fuera cierto, se trataría de la recreación del islote situado en medio de un estanque anular que cita Varrón a propósito de su «pajarera» y que reproduce el «Teatro marítimo» de Adriano en Tívoli: dos construcciones a las que hay que relacionar con el ritual áulico y las costumbres relativas a las predicciones practicadas en la corte de los soberanos helenístico-romanos, costumbres en las que sabemos que los soberanos musulmanes se han inspirado. De ese modo la dinastía de los Aglabíes de Kairuán perpetuaba —al igual que las de Córdoba, Bagdad o El Cairo— el ceremonial palatino de la Antigüedad.

La mezquita y el ribat de Susa

Situada a orillas del Mediterráneo, la ciudad de Susa —que se confunde con la antigua Hadrumeta— debe su renacimiento, como Kairuán, a los Aglabíes. Es en este puerto, que data del tiempo de los Fenicios y los Romanos, donde las fuerzas islámicas se embarcan para conquistar Sicilia. En el centro de la ciudad, la Gran Mezquita, contemporánea de la de Kairuán, se remonta al 851. Debe su aspecto macizo a sus orígenes: admitimos, en efecto, que se alza en una antigua kasbah (fortaleza) destinada a defender las instalaciones portuarias [FIG. 10]. Transformada en lugar de oración, esta construcción ha conservado sus torres esquinadas y sus merlones [FIG. 11]. El patio oblongo, con sus pilares juntos, y sus series de arcos pesados y de herradura, precede el haram [FIG. 12] que ofrece, como en Kairuán, una cúpula axial sobre el pórtico que da acceso a la sala de oración, y otra cúpula que domina el mihrab. De las once naves con arcadas perpendiculares a la kibla, cubiertas de bóvedas en mampostería, sólo la nave central, más ancha, tiene interés. Sus hermosos arcos de herradura descansan sobre unos pilares cuadrados, a veces flanqueados por columnas hechas con materiales antiguos.

Custodiando también la entrada del puerto, el ribat (fortaleza-monasterio) de Susa [FIG. 13], cercano a la Gran Mezquita, fue edificado a finales del siglo VIII para hacer frente a los ataques de los Bizantinos que aún tenían el dominio naval del Mediterráneo. Se trata de una fortaleza cuadrada, con muros coronados de merlones, y que está dominada por un alta torre redonda, edificada en el 821 bajo el emir aglabí Ziyadet Allah I [FIG. 14]. Otro ribat, destinado a los guerreros de la fe musulmana, alza su poderosa silueta a orillas del mar, en Monastir [FIG. 15]. Construido en el 796, recibe numerosas añadiduras entre los siglos IX y XI, sin perder su carácter altivo y macizo, que hace de él un ejemplo notable de la arquitectura militar del Islam clásico.

Fig. 10: mezquita-fortaleza de Susa
Fig. 11: arquitectura militante
Fig. 12: un poderoso haram
F. 13: torre-vigía
Fig. 14: castrum
Fig. 15: las fortalezas de la fe

Desde el Magreb hasta Al-Andalus

Hemos recordado antes el movimiento fatimí que procede del Norte de África y se impone en El Cairo. En el 909, el chiísmo invade Túnez, después los califas fatimíes van a reinar en Egipto. Cuando esta dinastía traslade su capital a El Cairo, en el 973, decidirá poner la Ifrigiyya bajo la autoridad de los Ziríes. Estos Bereberes no tardan en rechazar, en 1048, el poder fatimí. Para vengarse, El Cairo lanza sobre el país la tribu de los Banu Hilal. Estos nómadas, muy poco cultivados, siembran la desolación en las ciudades y en los campos, y destruyen Kairuán en 1057. Túnez se desmiembra ya en principados vasallos de los Hilalíes.

Simultáneamente, España conoce un desgarramiento análogo tras la caída de los Omeyas de Córdoba. En la lucha sin cuartel que se libra entre cristianos y musulmanes en la Península Ibérica, el cambio del siglo X al siglo XI es crucial. En el 986, el terrible Almanzor se apodera de Barcelona y la saquea, como muchas otras ciudades de Castilla y de León. Pero la respuesta no se hace esperar: en el 1009, el conde de Barcelona toma Córdoba y vuelve a Cataluña cargado de botín. El poder omeya se estremece. Y a partir de 1010, la unidad de al-Andalus se rompe. Es reemplazada por pequeños principados musulmanes: los reinos de Taifas. Cada uno de ellos nombra un rey provincial (en árabe: muluk al-tawaïf). El califato se desmigaja dejando paso a los reinos de Sevilla, de Córdoba, de Málaga, de Granada, de Badajoz, de Valencia, de Murcia, de Niebla, de Toledo y de Zaragoza. Los soberanos de estos territorios entran en lucha los unos contra los otros. El Sur de España conoce una Edad Media en la que cada cual lucha contra su vecino, en la que los cristianos y los musulmanes se alían a veces contra sus propios correligionarios, en la que los intereses creados priman sobre las diferencias de culto o de fe. Estos desórdenes no impiden, sin embargo —lo cual no deja de ser una paradoja— una extraordinaria eclosión cultural y unos intercambios fructuosos. Estas guerras civiles propias del siglo XI no acabarán hasta la irrupción de los Almorávides del Norte de África.

Bereberes del Atlas, los Morabitos o Almorávides —unidos en cofradías de monjes guerreros que, tras haber conquistado Marruecos y una parte de Argelia, han desembarcado en España para restablecer allí un Islam de estricta observancia— están bajo el mando de Yusuf ibn Tashfin (1061-1106). Se trata de Beduinos sin contacto con Oriente y sin tradición arquitectónica propia. Sufren la influencia de la civilización evolucionada de la España islámica y dan origen al arte hispano-morisco.

Málaga
Granada

Desde la Aljafería de Zaragoza hasta la sinagoga de Toledo

La conquista de los Almorávides no llega al Norte de España hasta 1110. Antes, uno de los últimos Reyes de Taifas que reinan en Zaragoza, Ahmad ibn Solimán al-Moktadir (1046-1081) edifica en su capital una fortaleza-palacio [FIG. 16] [FIG. 17] donde florece —a pesar de su apariencia guerrera debido a los tiempos revueltos por los que atraviesa el país— un arte resplandeciente y barroco. Detrás de sus poderosas torres amuralladas y de su foso atravesado por un puente levadizo, todo es refinamiento. El «Salón» que da a un patio se caracteriza por un juego de arcadas polilobuladas cuyos arabescos se entrelazan con virtuosismo y un fastuoso pórtico que bordea un estanque interior [FIG. 18]. Soportados por pequeñas y delicadas columnas hechas con material antiguo, estos pórticos son el testimonio del refinamiento que la civilización musulmana alcanza en el siglo XI [FIG. 19] [FIG. 20]. Este arte de la mampostería y del yeso delicadamente moldeado igual a a los más suntuosos movimientos del arte califa de Córdoba. Su nacimiento constituye —con tres siglos de adelanto— un prólogo al esplendor de la Alhambra de Granada…

También es antes de la llegada de los Almorávides, que se apoderan de Toledo en 1085, cuando es edificada la sinagoga llamada «Santa María la Blanca» [FIG. 21]. Construida bajo el reinado del último muluk, Yahya ibn Ismaïl al-Kadir (1075-1085), este sorprendente símbolo de la armonía judío-árabe en la España medieval demuestra la atracción que ejercen las formas islámicas sobre las comunidades sefardíes. En efecto, es el lenguaje estético de las mezquitas hipóstilas el que adopta el edificio, con sus cinco naves separadas por cuatro filas de arcadas cuyos arcos de herradura descansan sobre unos pilares octogonales de mampostería, mediante unos capiteles decorados con piñas.

Almorávides y almohades de España y del Magreb

La dinastía de los Almorávides había fundado, en 1061, su capital en Marrakech (Marruecos). Estos soberanos intervienen en España por expresa petición del emir de Sevilla. Llevan a cabo la segunda invasión islámica de la península, pronto seguida por la de los Almohades. Tanto el movimiento rigorista de los Almorávides —que se caracterizan por un rechazo absoluto de todo motivo que no sea abstracto y geométrico— como el de los Almohades (que les suceden entre 1147 y 1269) aspiran a una renovación del Islam. Los Almohades son también Bereberes salidos del Norte de África. Obedecen a la doctrina de Mohammed ibn Tumart, que se considera como el mahdi venido para purificar la religión y hacer que reinen la justicia y la fe verdadera. Su nombre (procedente del árabe al-Mowahhidun) indica el movimiento de los «Unitarios» que subraya la unidad de Alá. El compañero de Ibn Tumart, llamado Abd al-Mumin (1128-1163) se hace con el título de califa y reina en el Norte de África y Andalucía. Funda Rabat (al-Ribat) en 1150, ciudad que se convierte en la capital de su reino. Bajo los Almohades florece un arte depurado y sobrio, que demuestra la ascesis que desea promover el califa.

Las formas de construcción y el estilo general de las obras de los siglos XI y XII caracterizan en particular unas mezquitas hipóstilas con sus arcos de herradura o polilobulados, sus pilares cuadrados o cruciformes y su planta muy sobria de arcadas perpendiculares a la kibla, con un recurso generalizado a una disposición en forma de «T». Estos elementos afectan ya a toda la arquitectura religiosa. Asimismo, basándose en el lejano modelo del minarete de Kairuán, las grandes mezquitas tienen altas torres cuadradas, a menudo sin elemento decorativo de cubierta, cuyos lados presentan una decoración formada por combinaciones de figuras geométricas, ritmadas por pequeños arcos entrelazados sobre columnas pequeñas que subrayan las ventanas de los pisos.

Los arcos fuertemente apuntados a menudo con un perfil polilobulado o festoneado, el recurso al juego de estalactitas, o muqarnas, originarias de Oriente, el carácter de fortaleza de los lugares de oración debido a las perturbaciones políticas de la Edad Media, todo esto hace del arte hispano-morisco un sistema coherente que se extiende tanto al Magreb como al sur de España.

Este tipo de mezquita que —en el plano arquitectónico— es muy clásica, y que demuestra que los Almorávides y los Almohades aspiran a enlazar con el pasado tradicional del Islam, encuentra su expresión, en 1097, en la Gran Mezquita de Argel, con sus once naves y su pequeño patio oblongo. Respecto a la Karauiyna de Fez, fundada en el 857 y reconstruida entre el 912 y el 933, más tarde en 1135, época en la que alcanza 6000 m2 y totaliza más de doscientos soportes, presenta diez intercolumnios con arcadas paralelas a la kibla [FIG. 22]. Este hecho puede sorprender, sobre todo sabiendo que Karauiyna significa «de Kairuán», en recuerdo de su fundadora, de nombre Fátima, que había huido a Túnez con un grupo de fieles hostiles a los Fatimíes. En efecto, la planta de esta mezquita [FIG. 23] no se parece en nada a la de la sala de oración de Kairuán, cuyas arcadas son perpendiculares a la kibla. Este edificio tiene, como al-Azhar, en El Cairo, un patio oblongo flanqueado lateralmente por intercolumnios unidos al hipóstilo. Además, este patio parece estar incluido en el haram [FIG. 24].

Ésta es una particularidad frecuente en la arquitectura árabo-andaluza. Un hermoso estanque para las abluciones adorna el espacio abierto. A cada extremidad se alzan unos pabellones sobre pequeñas columnas coronadas por un techo piramidal: estas añadiduras datan de 1613 y están directamente inspiradas en el patio de los Leones, de la Alhambra de Granada.

Un ejemplo de una gran sencillez caracteriza los comienzos de la arquitectura de los Almohades: la mezquita de Tinmal, en el Atlas marroquí [FIG. 25]. La construyó en 1153 al-Mumin, en ese lugar en el que ibn Tumart proclamaba su doctrina. Es aquí donde se alza un edificio original, que tiene la forma de un ribat fortificado, verdadero «Castillo de Dios». Es una planta cuadrada, de unos cincuenta metros de ancho: en la sala de oración, con nueve naves, destaca no solamente la nave central, sino también las dos naves laterales, instalando un intercolumnio más ancho ante el mihrab. El edificio, de ladrillo revestido de estuco, que acaba de ser objeto de una importante restauración, es un ejemplo del gran rigor de concepción de un trazado estrictamente simétrico.

La Gran Mezquita de Sevilla, en gran parte desaparecida —reemplazada por la catedral gótica— sólo presenta su hermoso minarete que se remonta a 1171. A este minarete le ha sido añadida una nueva parte superior a la que debe su nombre de «Giralda»: los cristianos le han añadido dos niveles barrocos que culminan en un ángel de bronce en forma de veleta que indica la dirección del viento [FIG. 26a]. La decoración de este minarete influirá en la de la Gran Mezquita de Hasan en Rabat.

Edificado entre 1157 y 1195, uno de los más hermosos minaretes del Islam Occidental [FIG. 26b] domina la Kutubiya, o «mezquita de los libreros», de Marrakech [FIG. 27]. Contemporáneo de la «Giralda», tiene 69 metros de altura. Su planta cuadrada y su perfil rectilíneo, a la manera de un torreón coronado por una linterna, presenta hermosas superficies a la decoración de arcos entrelazados que cubren la parte alta de sus muros. Respecto a la sala de oración de esta gran mezquita, que cuenta con diecisiete naves y siete intercolumnios, y tiene 80 metros de ancho, presenta el ancho crucero de la típica planta en forma de «T» propia de esta época.

Toda esta arquitectura, intencionadamente sobria, no constituye, sin embargo, una aportación innovadora, como las construcciones omeyas. Aquí encontramos casi siempre las mismas plantas, las mismas cúpulas con nervaduras sobre el mihrab, el mismo tipo de ornamentación, siempre tratada con sobriedad. Es un arte que refleja fielmente la austeridad predicada por los teólogos, en la época de los soberanos almorávides y almohades.

Qubba Ba´adiyn

Mausoleo
Una planta refinada
Cúpula octogonal

El palacio de la Ziza en Palermo

En Sicilia, conquistada por los Aglabíes de Kairuán, la presencia árabe ha sido suplantada por el poder cristiano de Roger de Hauteville, que se apodera de Mesina en 1061, y de Palermo en 1072. Bajo la dominación de los Normandos, Sicilia se convierte en el centro de una cultura mixta, árabo-cristiana, gracias a la tolerancia de Roger II, rey de Sicilia entre 1130 y 1154. Las corrientes bizantinas y musulmanas se unen aquí armoniosamente. Científicos y poetas convergen hacia la ciudad de Palermo, donde los Europeos pueden acudir a las fuentes del saber antiguo mediante la literatura árabe. Bajo Guillermo II, sucesor de Roger II, la situación de equilibrio parece mantenerse. Pero en realidad se va degradando debido a la presencia de cristianos francos que crean una atmósfera de cruzada. Las persecuciones contra los musulmanes se desencadenan a la muerte del soberano, en 1189.

Fig. 28: San Cataldo

El arte palermitano muestra la influencia árabe en toda una serie de construcciones, entre ellas la Capilla Palatina o el santuario de San Cataldo, que data de 1160, con sus curiosas cúpulas en fila [FIG. 28]. Pero resplandece aún más en el extraordinario palacio de la Ziza [FIG. 29]. Construido en 1185, este edificio macizo, con su alta fachada a tres niveles [FIG. 30], es accesible mediante un pórtico interno, transversal, precedido por el salón para el ceremonial [FIG. 31]. Esta sala, que forma una especie de iwan abierto, está adornada por una decoración de mosaico, de tipo bizantino, que representa una cacería real sobre fondo de oro, y contiene un surtidor interior que salta bajo una bóveda de estalactitas [FIG. 32]; unos chorros de agua se deslizan murmurando por un plano inclinado, según una costumbre ya instaurada en la rotonda de la Domus Aurea de Nerón, en Roma.

En el primer piso, este palacio árabo-normando repite el tema rigurosamente simétrico del nivel inferior: se inscribe dentro de un rectángulo de 40 x 20 metros. El piano nobile está formado en su centro por un suntuoso salón de recepción con iwans simétricos. Aquí hay otra fuente, alimentada gracias a un apropiado sistema hidráulico abastecido por un acueducto. El segundo piso repite la misma estructura, con un hueco en la sala de recepción central que ocupa dos niveles. La complejidad de la planta, con sus viviendas provistas de alcobas y de iwans, se repite en el tercer piso. La mayoría de las cubiertas son de soberbias estalactitas (mukarnas). [FIG. 33] [FIG. 34]

La fórmula general adoptada en la Ziza por el soberano cristiano, que recurre a unos arquitectos y a unos artistas árabes, se inspira en un palacio construido por la dinastía de los Ziríes del Norte de África, que cayó bajo las armas de los Normandos. En efecto, en el palacio en ruinas de Asir (Argelia), que data del siglo X, se encuentra una planta análoga, simétrica y rectangular, aunque mucho más amplia, ya que cubre 72 x 40 metros, con una parte central de 24 x 22 metros, en cuyo fondo se abría un aula regia en forma de triconque…

Excepto el mosaico, toda la decoración del palacio del rey Guillermo II de Palermo procede de la ornamentación islámica, demostrando así lo viva que estaba la moda artístico-cultural del mundo musulmán, a finales del siglo XII. Antes de llegar a su fin la época clásica, la arquitectura árabe representa pues una fuente de inspiración tanto para las sinagogas de la comunidad judía de Toledo como para los palacios de los reyes normandos y cristianos de Sicilia. Como lo demuestra la civilización mixta que florece en Sicilia y en España, el arte islámico alcanza su apogeo cuando converge con la cristiandad occidental, en vísperas de la caída del califato de los Abasíes, a mediados del siglo XIII.

Estalactitas

Fig. 33: el juego de estalactitas
Fig. 34: el doble cuadrado