I. Presentación

Pilar del Castillo, ministra de Educación, Cultura y Deporte

La conmemoración del centenario de la muerte de la reina Isabel II ofrece una buena oportunidad para hacer balance de lo que supuso su reinado en la historia contemporánea de España. Éste es el propósito de la presente exposición, que se celebra, precisamente, en el edificio de la «Biblioteca y Museo Nacional» cuya primera piedra fue colocada, en presencia de Isabel II, el 21 de abril de 1866.

Durante los treinta y cinco años del reinado de Isabel II, 1833-1868, tuvieron lugar acontecimientos de singular importancia. La reciente historiografía, sobre todo la de carácter económico, ha acumulado mucha y buena información sobre las transformaciones llevadas a cabo por el liberalismo, implantado en España en aquel periodo. Se sentaron las bases de nuestra modernidad, determinada por la construcción del Estado constitucional, con su fundamento administrativo y legal, que había iniciado el reformismo ilustrado, y la organización de una economía de mercado y una sociedad meritocrática.

Es elevado, asimismo, el interés cultural de una época marcada por el romanticismo, pero también por la organización de una enseñanza moderna y la necesidad de llevar a cabo una renovación intelectual y científica.

La misma figura de la reina, que a una edad demasiado temprana tuvo que abordar la complicada tarea de iniciar una Monarquía constitucional, despierta un considerable interés. En lo personal, Isabel II tuvo una vida difícil, inestable y llena de conflictos. Quedó huérfana de padre a los tres años, fue separada de su madre cuando tenía diez, declarada mayor de edad a los trece, y casada a los dieciséis contra su voluntad. Tuvo numerosos embarazos y le sobrevivieron cuatro hijas y un hijo varón, Alfonso XII, que murió casi veinte años antes que ella. Isabel II no tuvo el cariño de su madre, María Cristina de Borbón Dos Sicilias, que, una vez viuda, buscó y encontró la felicidad en un matrimonio morganático del que tuvo numerosa descendencia y en la que concentró todo su afecto. El temprano matrimonio de Isabel II con su primo hermano, el Rey Consorte, Francisco de Asís de Borbón, fue de conveniencia y vino determinado por condicionamientos internacionales de la situación española y la necesidad de evitar una nueva fisura en la casa de Borbón que añadir a la carlista, la de la rama que encabezaba el infante don Francisco de Paula. La vida sentimental de la Reina resultó así profundamente insatisfactoria y estuvo recorrida por desavenencias matrimoniales que acabaron en una separación de hecho, relaciones amorosas e intrigas cortesanas ampliamente conocidas en la época. Todo ello abunda en la evidencia de que, como mujer y como reina constitucional, Isabel II se vio sometida a unas enormes exigencias, para afrontar las cuales apenas contó con recursos en una situación política erizada de problemas.

Esta situación personal contribuye a explicar que la propia Isabel II, el Ejército, y los partidos políticos de la época no consiguieran estabilizar el sistema constitucional, estabilidad que sería obra de la Restauración y de su hijo. El conocimiento a fondo del reinado pone de manifiesto, sin embargo, que la dificultad de los partidos constitucionales para pactar unas reglas de juego, el mito revolucionario y la radicalidad de las posiciones reaccionarias, fueron los factores determinantes para que triunfara la inestabilidad política. Esa inestabilidad estuvo lejos de anular de todas formas las importantes transformaciones que conoció España durante su reinado. Una y fundamental fue la imbricación, siempre renacida en nuestra historia posterior, de la Monarquía y la dinastía con la libertad constitucional. Otra, la evidencia de que los años del reinado de doña Isabel conocieron el primer gran salto a la modernidad en lo económico y social de la España contemporánea. Así puede comprobarse, a través de una excelente selección de piezas, en esta brillante y muy aquilatada exposición.

El Duque de San Carlos, presidente del Consejo de Administración del Patrimonio Nacional

Si la historia española, que no es generosa con sus protagonistas, ha tratado con descuido a alguno de ellos, el primero es doña Isabel II. Historia con minúscula para distinguirla de la elaborada con el rigor de los criterios científicos en la que, desde hace pocos años, la figura de esta reina comienza a aparecer más centrada.

Los ferrocarriles, el Banco de España, la traída de aguas a Madrid, Correos, el importantísimo Concordato de 1851, el Teatro de Opera, la Guardia Civil, Telégrafos, las leyes de enseñanza universitaria y planes escolares (Moyano), los comienzos del urbanismo moderno con los planes de reforma de Madrid (Castro) y Barcelona (Cerdá)… son avances tan fundamentales para la forma de la sociedad actual que por sí mismos avalan un reinado. Otra cosa es el gobierno.

Pese a lo anterior, el principal acierto de doña Isabel II fue la inequívoca orientación política liberal de su reinado ante el absolutismo: del progreso frente al atraso. Esta opción provocó dos guerras civiles, un precio muy elevado para no preguntarse de nuevo si las elites políticas del momento comprendieron y valoraron la opción impulsada por la reina. Porque, tal y como volvió a ocurrir decenios después, estas elites no dieron suficiente prueba de generosidad política, sentido del Estado y noción de la historia. Y además favorecieron el golpismo.

Doña Isabel II fue una reina simpática, y popular como ningún monarca lo había sido hasta entonces en España. Buscó el contacto con el pueblo y viajó a través del país para conocerlo directamente. Popular, también, en cuanto amante de lo castizo (por ejemplo, introdujo en la cocina de Palacio el gusto por el «cocido madrileño»). Y, simultáneamente a tal fervor en torno a su persona, hubo de padecer las dos mayores afrentas morales de que puede ser objeto un monarca: el magnicidio frustrado de 1852 y el destierro en 1868. Encarnó, en este sentido, el romanticismo como desdicha del destino y como contradicción de extremos.

No puede dejarse de lado, finalmente, el halo trágico de un drama personal que empieza en una educación inadecuada, y se forja en la infelicidad de un matrimonio de Estado mal enfocado y en los infortunios de las vidas de sus hijos Alfonso XII, Isabel y Eulalia… A propósito de todo esto, Galdós —muy culpable en vida de la mala imagen de doña Isabel II —se refiere a ella, después de conocerla en París, en 1902, diciendo que «más grande me pareció por desgraciada que por Reina». El profesor Comellas remata esta misma idea cuando escribe que «murió desterrada de su patria y de su propia época». Lo hizo con enorme dignidad.

Ella inauguró el ferrocarril en Madrid en 1850, y el ferrocarril —gran motor del relanzamiento económico español del siglo XIX— devolvió sus restos a Madrid en 1904. A contribuir a la comprensión de esta Reina y su persona en una época compleja, se dedica una exposición preparada con ilusión y entusiasmo.

Luis Miguel Enciso Recio, presidente de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales

Hace años, al referirse al período isabelino, en su fascinante Aproximación a la Historia de España, el gran Vicens Vives hablaba de una época gris, en la que, «bajo la mediocridad de la vida política, puede reconocerse» —decía— «el primer esfuerzo importante para organizar la Administración del país, equiparlo industrialmente y educarlo a la europea». En un manual reciente, Santos Juliá, uno de nuestros contemporaneístas más caracterizados, afirma que, cuando termina la época moderada, «hay un Estado, una Administración y hasta una economía sobre bases nuevas; que el absolutismo y el Antiguo Régimen han sido sustituidos por un liberalismo doctrinario en lo político y una sociedad capitalista en lo económico y social, aunque el sistema siga siendo frágil, como los acontecimientos posteriores se encargarán de poner de manifiesto».

Este cambio de perspectiva se acusaba ya en las páginas magistrales de José María Jover. La excelente síntesis del maestro levantino proporcionó a los especialistas, desde los años 60 del pasado siglo, un punto de partida definitivamente clarificador.

La época isabelina presencia, ante todo, recuerda Jover, un crecimiento demográfico, en el que tiene mayor participación la periferia que el centro. Paulatinamente, la población tenderá a concentrarse en las ciudades, y ello implicará, como brillantemente explica Josefina Gómez Mendoza en el presente catálogo, importantes «transformaciones urbanas» (1).

España, como otros Estados de la Europa occidental, tiene un cuerpo social aparentemente reconocible como una sociedad de clases preindustrial, pero, en la realidad práctica, con perfiles específicos. En la Península, la burguesía, aun con marcadas diferencias territoriales, era débil, y lo propio cabe decir de las clases medias, separadas de los burgueses por una frontera indecisa. Ambos hechos se explican, sobre todo, por la estructura preferentemente rural de nuestro país. Por lo demás, burgueses y mesócratas se sirvieron del ejército para implantar la «revolución liberal» y facilitar el cambio social y político.

Otro factor diferencial español era la inexistencia de un movimiento obrero consistente, a pesar de la presencia de un incipiente proletariado urbano y un amplio proletariado rural, este último incrementado por la Desamortización. Sectores modestos importantes, pero no proletarizados, eran los artesanos y los pequeños comerciantes.

En el orden material, los años 1844-1860 marcaron, como explica Pedro Tedde, el inicio de la restauración económica (2). «A pesar de las crisis intercíclicas, que en su día analizara Sardá, la España isabelina experimentó un prometedor avance. Fueron años, para empezar, de expansión agraria, condicionada por las leyes desvinculadoras y desamortizadoras. El trigo, la vid y el olivo se convirtieron en el trípode sobre el que giró el relativo impulso del campo español».

Punta de lanza de un desarrollo, todavía insuficiente, fueron también las minas. El hierro de Vizcaya, el cobre de Riotinto o el plomo de Cartagena o Linares influyeron decisivamente en el despliegue de la economía nacional. Y lo mismo cabe decir de la industria textil catalana y de la siderurgia vasca y asturiana y, en menor medida, de la construcción naval.

Fenómenos típicos de la época fueron también el trazado del ferrocarril y el progreso de las comunicaciones. Tres líneas emblemáticas, no exentas de aroma romántico, la que unía Barcelona con Mataró (1848), la Madrid-Aranjuez (1851) y la Sama de Langreo-Gijón (1855), sirvieron de pórtico a la configuración del sistema ferroviario español. La famosa Ley de ferrocarriles de 1855 y las grandes compañías posteriores, con sus ramales y nudos complementarios, sentaron las bases de un esplendor momentáneamente interrumpido en 1868. En cuanto a las carreteras, se mejoraron algunas de las existentes y se proyectó, con técnica no desdeñable, una red de más de 9.000 km.

¿Era la española una sociedad inerte? No del todo (3). Entre los múltiples factores que movieron al cambio habría que recordar el incremento demográfico, la movilización de la propiedad campesina a través de la Desamortización, el avance industrial en el Norte y Cataluña, el tendido del ferrocarril, el comercio, el auge de las instituciones bancarias y los negocios de las grandes compañías con capital extranjero.

Pero no sólo eso. El panorama político del período isabelino se nos aparece hoy con tamizados contrastes y no desdeñable significación en la consolidación del sistema liberal.

«La fisonomía histórica de la época», ha escrito José Luis Comellas, «no puede ser contemplada cabalmente sin tener en cuenta el grupo de hombres [y mujeres] que dirigen la situación». En primer lugar, Isabel II, la reina dividida entre los deberes de Estado y la búsqueda, frecuentemente equivocada, de la felicidad personal; Olózaga, González Bravo, Narváez, Pedro José Pidal, Alejandro Mon, Bravo Murillo, Donoso Cortés, Joaquín Francisco Pacheco, José de Salamanca, Espartero, el conde de San Luis; O’Donnell, Pascual Madoz, el general Serrano son algunos de los nombres que protagonizan posiciones de poder entre 1843 y 1868.

Tres grandes fuerzas condicionaron la dinámica política del sistema: moderados, progresistas y Unión Liberal. Los primeros tenían hombres prominentes, pero no bases,- los progresistas, en cambio, contaban con amplias bases, pero no tantos hombres de gobierno. La Unión Liberal será, como ha escrito Jover, una «creación del signo ecléctico de los tiempos». A la derecha del sistema había que situar a los carlistas y a la izquierda, al joven partido «democrático» y a los republicanos. La alternancia de los grandes partidos en el poder, condicionada siempre por la Reina y su Corte, y el papel de las fuerzas extra sistema la estudia, con particular agudeza, Carlos Dardé en el catálogo que tengo el gusto de prologar (4).

La obra de los moderados en una larga década, se resume, al decir de Comellas, en el «afán de institucionalizar, de codificar, de establecer un “nuevo régimen” liberal de signo templado», aunque todo ello se vio lastrado, frecuentemente, por los malos hados de la corrupción y el caciquismo. Varios objetivos sintetizan la importante labor de los gobernantes del moderantismo: la Constitución de 1845, el Concordato de 1851, la implantación de un orden jurídico unitario, la centralización administrativa, la reforma de la Hacienda (1845), la unificación del sistema monetario y, algo después, la creación del sistema métrico español.

Tras la revolución de 1854, en la que se compendian un conflicto parlamentario, un pronunciamiento y varios movimientos populares, accedieron al poder los progresistas. La obra de este segundo, y decisivo, grupo de poder se condensa en frutos bien definidos: la Constitución de 1856, concebida con los parámetros de la ideología de partido y que no llegó a estar vigente; un régimen inestable, encabezado por Espartero y O’Donnell, la Ley de Desamortización General de Pascual Madoz (1855) y las reformas bancarias y educativas.

El ritmo político del país, tras el Bienio progresista y con posteriores efímeras experiencias moderadas, lo marcarán O’Donnell y su «Unión Liberal». Este último grupo, que asociaba a moderados y progresistas y se alzó con el triunfo en la calle y en las Cortes, fue la expresión, principalmente en 1853, 1858, 1865 y 1866, del eclecticismo político.

Después de 1866 la crisis se hizo imparable. El mecanismo parlamentario adolecía de serias deficiencias, la economía se fracturó después de 1865 y, en definitiva, el sistema parecía entrar en una peligrosa espiral de decadencia que llegó a afectar a las más altas instituciones. La revolución de septiembre de 1868 puso punto final al gobierno de Isabel, y abrió un portón a las utópicas esperanzas y la amenazadora inestabilidad. Lejos quedaban realidades que la historiografía tiende hoy a sacar del olvido. «El reinado de Isabel II», ha escrito recientemente Gonzalo Anes, «fue de crecimiento agrario, industrial, minero y del transporte. El desarrollo económico estuvo acompañado del cultural: fundación y mejora de escuelas de primeras letras, de institutos de enseñanza media, de universidades, de escuelas técnicas, de bibliotecas y de museos. En cuanto a museos, debe recordarse que lo esencial de las colecciones del Prado actual [y otras, como se refleja en la Ley de 12 de marzo de 1865], eran propiedad de Isabel II».

Los argumentos y reflexiones que vengo exponiendo se reflejan en el catálogo que ahora se presenta. En él se recogen, además, novedades y puntos de vista que están cobrando relieve en los últimos años.

Eso sucede, por ejemplo, con el sugestivo ensayo de Antonio Morales Moya sobre «el Estado-nación» (5). «Procede recalcarlo», concluye Morales, «la implantación del régimen liberal se hará dentro del marco del Estado y de la Nación española. La Nación española, tanto para el nacionalismo liberal progresista como para el conservador, deficiente, frente al primero de una dimensión proyectiva, aparece como una realidad indiscutible, en la que confluyen factores espirituales y materiales, fruto de una larga convivencia común». «No se producirá sin embargo», añade Morales, «una identidad nacional española plenamente homogénea». Prueba de ello serán las opiniones contrarias a una España centralizadora invocadas en Cataluña, Galicia y el País Vasco.

Las tesis de Morales encuentran un enriquecedor complemento en el ensayo de José Álvarez Junco sobre «La identidad española» (6). Moderados y progresistas coincidían en que «desde el origen de los tiempos había existido un grupo humano caracterizado como español, empeñado en defender su unidad y su independencia, y que el principal peligro a combatir era la desunión interna». Pero, si la idea de nación se dejó sentir en la política internacional y la expansión colonial, se vio dificultada por la debilidad del Estado, las insuficiencias del servicio militar y la educación pública, el caciquismo y los estancamientos de la revolución liberal. A la larga, encontró más estímulo en progresistas y demócratas, según Álvarez Junco, que en los moderados.

Una tercera perspectiva de análisis, de particular actualidad, es la de Justo Beramendi. En su trabajo titulado «Provincialismos y diferencialismos culturales» (7), Beramendi explica que «en el reinado de Isabel II y en los años inmediatamente anteriores, observamos dos fenómenos relativamente nuevos». «Uno, de naturaleza ideológico-política, se define por la defensa del autogobierno para ciertas provincias o unidades históricas integrantes de la monarquía española desde su constitución y por la consiguiente oposición al modelo centralista de Estado liberal». «El otro fenómeno es el modelo lingüístico-cultural, aunque en absoluto está exento de una fuerte carga ideológica». Ambos tuvieron despliegues y desembocaduras distintas: en Cataluña y Galicia «se trata de corrientes de opinión más o menos influyentes en la sociedad, pero no se articulan en movimientos políticos organizados»; en el País Vasco, en cambio, se manifiestan a través del fuerismo, «una excepción a las previsiones constitucionales en materia de distribución territorial de poder». Cierta vigencia tuvieron en los tres territorios citados —y más tenuemente en Valencia y Baleares— los «renacimientos» lingüísticos y culturales. En definitiva, los «provincialismos, regionalismos» o posteriores «nacionalismos» tuvieron sesgos distintos en Cataluña, Galicia y el País Vasco, y «el período isabelino no es», para ellos, «ni un nacimiento ni una culminación, sino sólo un punto de inflexión en una trayectoria que se inicia antes y madurará después, tanto en la dimensión política como en la lingüístico-cultural».

La aportación del período isabelino a la consolidación del liberalismo —no sin resistencias— se vio enaltecida, y completada, por el auge paralelo del romanticismo y el realismo, sutilmente engarzados en el eclecticismo.

En un país en el que el analfabetismo era una lacra que, a comienzos de los 60, afectaba a más de un 70% de la población, las clases dirigentes, se ha dicho, tendieron a imponer un «ideal de moderación, de eclecticismo, de conciliación entre extremos».

El eclecticismo salpica no sólo al pensamiento, al menos hasta que irrumpiera el krausismo, sino, como acabamos de ver, a las ideas, los líderes, los partidos y la dinámica política y a la cultura. En literatura, como observara Allison Peers, el eclecticismo, que duró más de dos décadas y fue impulsado, sobre todo, por la burguesía y la mesocracia, trató de aunar a clásicos y románticos. Y la misma tendencia a la vía media se da en la arquitectura, donde el registro neoclásico, excelentemente simbolizado en el Congreso de Diputados, alterna con el influjo italiano y otras corrientes; el retrato, los cuadros de historia, diversas muestras pictóricas más, la escultura y la brillante música del período, tan condicionada por aires italianos.

Si toda esta amalgama de tendencias empapa la cultura y el arte «oficiales», se extiende también a los gustos intelectuales o estéticos de amplias capas de la sociedad. Jover interpreta, por ejemplo, que las clases medias, que aspiraban a representar la conciencia moral del país, defendieron, sobre la base de postulados cristianos, las virtudes hogareñas, la honradez y el orden público basado en valores. Por otra parte la búsqueda del «justo medio» llevó a los mesócratas a cultivar y exaltar el realismo en el arte y la literatura. Larra, Mesonero Romanos, Fernán Caballero, y hasta el historiador Modesto Lafuente, son hitos significativos de esa corriente. En la misma línea pudo estar también ese conservadurismo de carácter abierto a las realidades sociales y acorde con la tradición católica que, como ya advirtiera Vicens Vives, se dio en Cataluña.

Pero no fueron las descritas las únicas actitudes o inclinaciones de las clases medias. Ellas, los sectores populares y los grupos dirigentes se dejaron ganar por el embrujo de la sensibilidad romántica. En el luminoso trabajo de Jon Juaristi (8) sobre la literatura de la época isabelina, que honra el presente catálogo, se explica muy bien la naturaleza y sentido del romanticismo literario español. Fernán Caballero, las traducciones de románticos franceses, Fernández y González, los novelistas, Zorrilla, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Espronceda, Bécquer o Rosalía son algunos de los nombres emblemáticos que encandilaron a la mesocracia española. También las clases populares paladearon las esencias románticas a través, entre otras muestras, de los «manuscritos» —libros de texto elementales—, la novela por entregas, Fernández y González, Pérez Escrich, los socialistas utópicos o los anarquistas románticos. No es de desdeñar tampoco la dimensión romántica del arte, particularmente viva, como ha observado Pilar de Miguel, en la pintura (9).

Si el liberalismo avanzó, no sin dificultades y resistencias, en tiempos de Isabel y el romanticismo se abrió paso, algo tardíamente y con ciertas particularidades, cabe entender que la Reina y la Corte, aun con alternancias e indecisiones, no obstaculizaron el proceso decisivamente. La propia Reina, antes de morir, declaró a Galdós: «Ha faltado tiempo, ha faltado espacio… Yo quiero, he querido siempre, el bien del pueblo español. El querer lo tiene una en el corazón; pero, ¿el poder donde está?… El no poder, ¿ha consistido en mí o en los demás?. Ésta es mi duda». La respuesta a tan esencial pregunta no le parece fácil de responder a Isabel Burdiel (10). Para explicar los errores de Isabel II, que deben contraponerse a los aspectos positivos de su reinado, acude al juicio de Carmen Llorca: «Ella es una fuerza viva en constante agitación y dominada por un extremo barroquismo del alma. Hay en su carácter mucho de revolucionario y caótico; naturaleza tumultuosa que no encuentra el cauce de su expresión, ni se organiza en una unidad, ni acierta a verterse, suave y paulatinamente al exterior».

En otro orden de cosas, las casas y palacios de las clases dirigentes, y aun los mismos espacios y palacios de la realeza, resumen una parte de los gustos y secretos de la época (11).

«Liberalismo y Romanticismo en tiempos de Isabel II», la exposición que la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales ha organizado para recordar la época isabelina, reúne no pocos atractivos. Muchas de las complejas, y decisivas, cuestiones históricas esbozadas en las páginas precedentes y, sobre todo, en el espléndido catálogo de la muestra, se sintetizan en un ceñido discurso expositivo. Pinturas, esculturas, grabados, medallas, armas, objetos de adorno o de uso cotidiano, cerámicas, plata o vidrio, muebles y fotografías de época sirven como instrumentos de especial relieve y significación para recomponer los espacios, ambientes y acontecimientos de época. Los contenidos que cabría calificar de plásticos se alternan con libros, periódicos, cartas y textos de muy diversa naturaleza, con vistas a componer una panorámica globa-lizadora que aporte una imprescindible visión de conjunto.

Pero este horizonte general admite, y hasta requiere, las modulaciones específicas de períodos o temas más concretos. Tal exigencia se plasma en las 10 salas de la exposición: 1) Introducción; 2) La Europa liberal y de las nacionalidades; 3) La implantación del régimen liberal en España (1833-1868); 4) La reina y su entorno; 5) Los «adelantos realizados»; 6) El romanticismo literario; 7) El renacimiento de las culturas catalana, gallega y vasca; 8 ) La recreación del pasado; 9) España vista por los extranjeros. La imagen romántica de España; 10) España vista por los españoles. Una sociedad en transición.

En suma, la exposición demuestra que la «Reina de los tristes destinos», con los claroscuros de su vida y acción política, fue testigo excepcional de una época en que se tejió la urdimbre de dos fenómenos de largo alcance: el liberalismo y el romanticismo.

Es hora de terminar. Testimoniamos, una vez más, nuestra gratitud a las autoridades de los ministerios de Educación, Cultura y Deporte y Hacienda y damos las gracias también, por su fructífera y generosa colaboración, al Patrimonio Nacional. Una cálida enhorabuena merecen Carlos Dardé y Pilar de Miguel, comisario y vicecomisaria de la exposición, su Consejo Asesor; los diseñadores, Macua y García Ramos y el Museo Arqueológico. Nuestra Casa estuvo representada, con particular mérito y acierto, por Blanca Andrada-Vanderwilde.

Notas:

  1. J. Gómez Mendoza, «Transformaciones urbanas en tiempos de Isabel II».
  2. P. Tedde de Lorca, «La economía española durante el reinado de Isabel II», en el presente catálogo.
  3. Una visión ajustada y renovadora en el trabajo aquí publicado de G. Rueda Hernanz, «La sociedad isabelina. Cambios de época».
  4. C. Dardé, «Los partidos y la vida política, 1834-1868; la «escabrosa alternativa» de moderados, progresistas y unionistas». También en este catálogo, J. Vilches, «El liberalismo político en tiempos de Isabel II». Una visión complementaria en el trabajo de L. Garrido, «Las palabras y los hechos: guerra y política durante la época de las regencias (1833-1843)». La visión sobre la Europa del período en el excelente artículo de O. Ruiz-Manjón, «La Europa liberal y romántica».
  5. A. Morales Moya, «La construcción del Estado-nación»
  6. En el presente catalogo
  7. J. Beramendi, «Provincialismos y diferencialismos culturales».
  8. J. Juaristi, «La literatura de la época isabelina».
  9. P. de Miguel Egea, «La pintura en la era isabelina».
  10. I. Burdiel, «Isabel II. Le diable au corps. La leyenda de una reina».
  11. B. Torres González, «El palacio isabelino: la atracción del refugio».