Retrato de dama con mantilla

Retrato de dama con mantilla

Retrato de dama con mantilla
Hacia 1823-24
Óleo sobre lienzo
61 x 51 cm
Museo de Zaragoza, 91.13.1

Esta pintura fue adquirida por el Gobierno de Aragón en 1991. Perteneció a la colección Gustavo Bauer (Madrid), posteriormente a la de Emil Bührle (Zurich) y finalmente a una colección particular desconocida. Se compró en subasta pública. Aparece catalogada por V. van Loga (1903) con el número 407. Se trata de una obra tardía en la que se ha querido ver el retrato de Leocadia Zorrilla de Weiss, ama de llaves y compañera de Goya en sus últimos años.

Esta identificación del personaje viene dada por la semejanza que X. de Salas (1963) estableció con la figura de Una manola que se encuentra en el Museo del Prado y procede de la madrileña casa de campo de Goya conocida como la Quinta del Sordo. En el inventario que hace Antonio Brugada de la misma, a la muerte de Goya en 1828, esta figura la anota como La Leocadia. Tanto Gudiol como Camón Aznar mantienen la misma identificación para nuestro personaje.

Sin embargo para el retrato que aquí tenemos no hay confirmación documental de ningún tipo, por lo que el tema del parecido de la retratada con Leocadia Weiss queda en algo meramente especulativo y poco probable si tenemos en cuenta que la retratada no representa la edad de Leocadia Weiss, que a la muerte de Goya sólo tenía 39 años. En esta obra vemos a una mujer madura, vestida de negro, de porte altivo que denota un fuerte carácter. Todo el interés se centra en el rostro. Rasgos firmes, grandes ojos negros y espesas cejas; fuerte mandíbula y boca bien definida en la que parece quererse insinuar una sonrisa, pero que no va más allá de una mueca irónica.

Incluso la disposición del cuerpo, ligeramente ladeado, ayuda a configurar ese aspecto altanero, obligando a girar suavemente la cabeza sobre el hombro pero manteniendo la mirada frontal, directa al espectador. Se enmarca dentro de la línea de retratos que a partir de los años noventa restarán importancia a los fondos, destacando las figuras sobre tonos oscuros, lisos, al servicio de los rasgos y la expresividad de los retratados.

Va tocada con mantilla negra y adornada con pendientes y collares de oro. Las manchas de color quedan reducidas al traje, insinuadas bajo las veladuras de la mantilla cuya delicadeza de tratamiento puede apreciarse sobre el antebrazo del personaje, que queda dibujado con suave plasticidad. Este cuadro ha sido reentelado y restaurado de antiguo pero no ha perdido la impronta goyesca. Está relacionado con la serie de retratos no oficiales que Goya lleva a cabo en los últimos años de su vida. En él vemos su interés por reflejar el carácter del personaje, en este caso cargado de fuerza y energía y sin embargo no exento de dulzura. No cabe duda de que existe un conocimiento directo y amistoso hacia el personaje que queda reflejado en la expresividad que encierra la mirada.

En palabras de Glendinning «Goya atiende más que los oyentes a lo que dicen las facciones, los gestos y los vestidos en sí, y admiramos lo que se comunica en sus retratos con la boca cerrada, con el ángulo de la cabeza y con la elocuente mirada”.

Algunos investigadores coinciden en ver en esta obra un sello de modernidad que anuncia las nuevas corrientes del Romanticismo.

María Luisa Cancela Ramírez de Arellano.