La luz y la sombra son la perspectiva

De luz y sombras soy y quiero darme a las dos (José María Gabreil y Galán)

Cuando Paul Gouguin en su paraíso de Tahití pinta la realidad ingenua en Yo te saludo María refleja la luz de un colectivo indígena, sólo tamizada por las sombras civilizadas de una Francia lejana.


Tres siglos antes Leonardo da Vinci se plantea la luz no como un concepto abstracto, sino como un ente intrínsecamente pictórico, como algo que construye la composición, aunque no exento de significado. Su Virgen de las rocas aúna misterio y perspectiva en una sabia simbiosis de luz y formas que en sí mismas son como líneas perspectivas, líneas de profundidad, lejanía y cripticismo.


Diego Velázquez (1599-1660): La Fragua de Vulcano (1630). Madrid, Museo del Prado

Diego Velázquez descubre Italia. El año 1629 inicia un primer viaje a la cuna del arte occidental. Como recordando las lecciones de su suegro Pacheco, más teórico que pintor, se enfrenta a un tema en el que la luz es protagonista: La Fragua de Vulcano. El dios cojo, paradójicamente esposo de Venus, la diosa de la belleza, recibe en su fragua a Apolo, dios del sol. El mito explica cómo Febo, es decir Apolo, al amanecer descubre desde su atalaya celestial los amores ilícitos de Marte y Venus. Velázquez nos muestra a Apolo en el momento de comunicar a Vulcano dicha infidelidad conyugal. En la obra, la luz del sol y la luz de la fragua se funden en un todo armónico en el que las sombras quedan relegadas más a la mente de los personajes que a representación plástica.


Robert Campin, Maestro de Flémalle (1375-1444): San Juan Bautista y el maestro franciscano Enrique de Werl (1438). Madrid, Museo del Prado

El espejo, atributo de la prudencia y de la verdad, es también símbolo de la vista, de la soberbia, de la vanidad y de la lujuria. En el magnífico interior de Robert Campin, autor misterioso relacionado con el maestro de Flémalle, en el que se representa a San Juan Bautista y el maestro franciscano Enrique Werl, el espejo capta la atmósfera luminosa y proyecta en perspectiva la escena central, a la manera del paradigmático Matrimonio Arnolfini de Van Eyck.


Giovanni Bellini en su Mujer joven con un espejo, una de sus obras postreras, nos refleja la luz de la belleza juvenil no exenta de vanidad, pero también llena de verdad.


Sin embargo es Velázquez quien en su segundo viaje a Italia utiliza el espejo como excusa para ofrecernos uno de los mejores desnudos de la historia del arte, a la vez misterioso y carnal. En sí mismo es la luz de la pasión y la definición de un amor platónico. Aquella Venus casquivana que Apolo denuncia a su cojo marido parece mirarnos a través del espejo, invitándonos a entrar en su alcoba para volver a engañar a Vulcano. ¿Se trata de Laviana Triunfi, una pintora presumiblemente amante de Velázquez? ¿Es en verdad un retrato real enmascarado por la mitología? Para Julián gallego se trata de un emblema alciatesco: « El amor vencido por la hermosura de esa mujer que no tiene atención ni para nosotros ni para Cupido lloroso y maniatado a su imagen, sino para sí misma (…) Por primera vez, a pesar de Giorgione, de Tiziano, de Rubens, de Correggio, vemos pintada una mujer desnuda, en una armonía blanca, gris y rosa, y con un espejo que reduce los problemas del espacio a problemas de luminosidad».


Nicolas Poussin (1594-1665): Santa Cecilia. Hacia 1635. Madrid, Museo del Prado

La luz del triunfo de la virtud queda explicada en la clasicista Santa Cecilia, atribuida con reservas a Poussin, en la que la santa patrona de la Música, correlato de la musa Euterpe, entre sombras y luces nos alecciona hacia la renuncia a las tinieblas del vicio.


A la vez, el triunfo de la Cristiandad -históricamente la victoria de la flota católica frente a la turca en Lepanto- es el que refleja el Greco en La adoración del nombre de Jesús, también conocido como Alegoría de la Santa Liga, Gloria del Greco o Juicio Universal. Las antinomias Gloria-Luz e Infierno-Tinieblas quedan reflejadas en su doble acepción plática y conceptual.


Marc Chagall (1887-1985): La Guerra (1943).París, Centro Georges Pompidou

Este infierno en la tierra – La guerra de Marc Chagall – y en la literatura y plástica románticas – Dante y Virgilio en los infiernos de Delacroix – se relacionan con la tristeza gris de Héctor en su adiós a Andrómaca. En esta composición metafísica de Giorgio de Chirico se enlazan de manera admirable luz y sombra, claroscuro con perspectiva. «¿Quién puede negar -afirma Chirico- la turbadora relación que existe entre la perspectiva y la metafísica?.»


Por último, el surrealista Dalí en su Mesa solar resume la críptica y a la vez clara realidad del astro-rey sobre los objetos. En ella construye una real verdad, pero a la vez una falsa realidad. Las sombras son ciertas, pero el sol… ¿Dónde está el sol sino en la irrealidad consciente de su autor?

Luz y sombras… verdad y engaño… luz de Dios… luz infernal… y también perspectiva.