Retrato de Juana Galarza de Goicochea

Retrato de Juana Galarza de Goicochea
1810
Óleo sobre lienzo
82 x 59 cm
Colección Juan Abelló

El retrato de la esposa del anterior, con el que forma pareja, no muestra similar interés interpretativo del modelo y no parece haber inspirado al pintor. ¿Se trata acaso de un retrato póstumo? La falta de vitalidad del rostro, su aire melancólico y el gesto desmayado con que sujeta el abanico implican cierta carencia de energía que no se aviene con el brillante momento de ejecutoria que despliega el autor en estos años. Desconociendo la biografía del personaje, toda hipótesis de este tipo es viable, máxime si se considera que no hay noticias de ella, posteriores a la boda de Javier Goya con la hija de los Goicoechea.

Un tanto pesada y con aire plácido, personifica el porte de la dama burguesa, enriquecida y tranquila, que Goya no prodigó en sus telas a lo largo de su vida. ¿Cuál fue el motivo para que el artista retratase a sus consuegros en plena Guerra de la Independencia y durante una etapa que no debía ser muy feliz para ellos ni humana ni económicamente?

Es una imagen sosegada, de más de medio cuerpo; el rostro aparece de frente, aunque levemente ladeado. Tal vez exista un grado de idealización puesto que, a pesar de la evidente edad que debía tener, las carnaciones son rosadas y frescas, la piel no muestra arrugas y el cabello, negro sin asomo de canas, cae sobre la frente en rizos a la moda. Los grandes ojos, oscuros e inexpresivos, a diferencia de los del marido, resaltan sobre las facciones blandas. El vestido gris-verdoso ostenta un espectacular y rico cuello de encaje que baja bordeando en solapa la indumentaria hasta rebasar la cintura; está finamente ejecutado, lo que Goya precisa con exquisita minuciosidad.

Se trata de una figura familiar y con la que el pintor estaba no sólo emparentado sino también familiarizado, no en vano la dibujó de perfil en 1805 y realizó su miniatura (Museo del Prado) sobre cobre en análoga fecha. Hay una peculiar atmósfera en torno al personaje de la que dimana una especial y extraña fascinación por causa del contraste entre la aparente vulgaridad de su cuerpo informe y el afecto de la ejecución, tan directa y leve que le dota de una inexplicable proximidad.

En lo concerniente a su procedencia, tanto este lienzo como el que representa a su esposo, Martín Miguel de Goicoechea, han tenido una historia común, reflejo de los avatares de la familia Goya y, en particular, de Mariano, quien con sus ventas dispersó el rico patrimonio pictórico heredado de su abuelo y de su padre.

Juan J. Luna.