La reforma militar que nunca existió

Un reformismo de intenciones

Las tropas prusianas de 1870 eran soldados forzosos, encuadrados por oficiales de complemento, sobre quienes gravitaban el aristocrático cuerpo de oficiales y el estado mayor. Como el invento resultó barato y eficaz, los franceses implantaron el servicio militar obligatorio en 1872, aplicado después a otros países. En España la ley de reclutamiento y reemplazo de 1875, la ley constitutiva de 1878 y la reorganización de 1882 articularon el ejército de la Restauración, conservador y anticuado. Donde sólo los más pobres, incapaces de redimirse a metálico, servían en filas. Y donde no hubo oficiales de complemento, a pesar de legales ya en 1875.

Desde dentro del sistema, el partido liberal fue moderadamente reformista. Mantuvo la idea de un ejército modernizado con criterios europeos. Tal fue el sentido de la reforma militar del general Cassola, de la que era partidario Sagasta, y, sobre todo, Canalejas. Pero fue sólo un proyecto de 1887, que fracasó en el Parlamento por la oposición del cuerpo de artillería, celoso de sus privilegios, y del partido conservador.

El Rey con un grupo de jefes y oficiales durante unas maniobras en 1922

A finales del siglo XX, la industria de armamento dinamizaba la economía de los países industriales. El ejército y la marina eran un mercado parecido al de los ferrocarriles medio siglo atrás. Las necesidades de la guerra se integraban en los intereses financieros, químicos y metalúrgicos. Pero la débil burguesía española estaba ajena a la carrera de armamentos. El ejército no era aquí un cliente, sino un complejo administrativo y una reserva de poder político. En 1905, los generales en activo eran los más ancianos de Europa. La edad media de los tenientes generales eran sesenta y cinco años. Y había capitanes, con mando de tropa, de cincuenta y seis (datos de elaboración propia, en base al Anuario Militar de España de 1905). Los bienes y servicios importaban 40 millones y los sueldos 107. Los cañones Sotomayor – construidas en la década 1880-1890, fueron sustituidas entre 1906 y 1910 – tenían la mitad de alcance que la artillería francesa. Cinco años más antes había en activo 471 generales, 24.705 jefes y oficiales y 110.926 clases y soldados; desperdigados en más de 220 guarniciones (Anuario Militar de 1905).

La Europa anterior a 1914 mantenía dos modelos militares. El de las democracias liberales, donde el ejército era respetuoso con el poder civil, y el de la Europa central y oriental, donde la institución militar era un cuerpo feudalizado, partícipe del poder político y sostén del trono.

Durante el reinado de Alfonso XIII, y sobre todo a partir de la ley de jurisdicciones (1906), el ejército se configuró autónomamente respecto a la autoridad del Gobierno. El deterioro del parlamentarismo puso el poder en manos del rey y el cuerpo de oficiales. Ello hizo del ejército casi un cuerpo político y evitó cualquier reforma para hacerlo más eficaz.

En vísperas de la guerra del 14, el viejo aliento reformista de los liberales pareció revivir con el heterodoxo Canalejas. Su política militar, de inspiración francesa, pretendió modernizar el ejército y activar la ocupación de Marruecos. Con el general Luque en el Ministerio de la Guerra, suprimió la redención a metálico y obligaba a todos los varones al servicio militar – aunque existió la posibilidad de convertirlo en simulacro mediante el pago al Estado de cuotas de 1.000 o 2.000 pesetas -, inició una reorganización e impulsó la ocupación de Larache, Arcila, Alcazarquivir (1911) y Tetuán (1912).

El porvenir profesional de los oficiales era pésimo y el general Luque distribuyó pródigamente ascensos y cruces en Marruecos. La infantería, el cuerpo más importante, era superior en número al de todos los demás juntos. Pero su escalafón estaba hipertrofiado y los ascensos por antigüedad eran lentísimos. Los ascensos por méritos de la guerra de Africa proporcionaron la posibilidad que esperaban los oficiales jóvenes con ambición. Sus compañeros, anclados en la rutina de las guarniciones, sintieron que los ascensos por méritos de guerra perjudicaban, aún más, su negro futuro profesional. En 1912 los oficiales de Madrid se manifestaron ante la redacción de La Correspondencia Militar, en protesta por los ascensos de Marruecos. Aquel año, Sanjurjo era todavía comandante; Mangada y Orgaz, capitanes; Aranda y Mola, tenientes; Francisco Franco y Díaz Sandino, segundos tenientes; Rojo y Ramón Franco, cadetes.

Al año siguiente, Canalejas había muerto asesinado, el ejército alcanzaba los 135.000 soldados en filas y se enviaba la primera – y única – escuadrilla a Marruecos. Poco más había cambiado; sólo uno de cada cinco comandantes de infantería mandaba tropa; el Ministerio de la Guerra empleó 37 millones en bienes y servicios y 132 en sueldos. Los gastos de defensa, orden público y pensiones de guerra suponían la tercera parte del presupuesto estatal.

A pesar de los escarceos liberales, la restauración se había inspirado en el modelo militar prusiano. La misma postura de Alfonso XIII frente al ejército era una imitación de Centroeuropa. En España la figura del rey-soldado había desaparecido con Felipe II. Cánovas quiso emplearla para que Alfonso XII fuera la cabeza natural del cuerpo de oficiales y controlara la herencia de medio siglo de pronunciamientos. Pero fue Alfonso XIII quien incorporó la figura orientándose a una política apoyada en el ejército.

El impacto de la guerra

El estallido de la Gran Guerra conmocionó los medios militares. Hasta entonces, el modelo organizativo era el francoprusiano de 1870. Las nuevas técnicas, los materiales y la naturaleza de los efectivos puestos en línea estimularon las comparaciones con lo nacional y provocaron más de un examen de conciencia. En los primeros años del siglo ya se frustró un brote de reformismo militar, buscador de soluciones a la situación provocada por el desastre del 98. Pero la falta de medios y la postura del partido conservador acabaron con las ideas. Más tarde, cuando Maura dedicó más fondos a la política militar, la reforma se orientó a la construcción de una flota de guerra, concretada en la ley naval de 1980.

Sátira antimilitar de comienzos de siglo: «el General dice: Sr. Coronel, quedo complacido del estado de su regimiento. A propósito y hablando particularmente, ¿dónde compra usted los garbanzos para decírselo a mi señora?»

La inquietud reformista nacida en 1914 fue más seria. Y no sólo abarcó los aspectos técnicos de la realidad militar, sino también los políticos. La neutralidad española marginó al ejército de las renovaciones militares europeas. En el campo de batalla los dos bandos revolucionaban la guerra, mientras aquí germanófilos y aliadófilos discutían.

La mayoría de los oficiales eran germanófilos. El 7 de junio de 1922, cuatro años después de acabada la guerra, decía Alfonso XIII a los oficiales de Barcelona: Ponemos por ejemplo al ejército alemán, ese ejército que hoy no existe, y que, sin embargo, yo aconsejaré a mis oficiales tomen como modelo. El conservadurismo militar se encontraba más cómodo ante el modelo germánico que ante el francés o británico.
Quizá el militar que más escribió, durante el conflicto, para que España entrase en guerra junto a Alemania, fue el teniente coronel de estado mayor Francisco Martín Lorente. Era un polemista, que adoptó el seudónimo Armando Guerra, muy de acuerdo con su carácter. Intervino en debates, publicó artículos y sintetizó sus teorías en De Bellica, aparecido en Madrid en 1916. Sus argumentos eran apasionados y poco rigurosos: la intervención junto a Alemania supondría aceptar sus altas virtudes militares y la recuperación de Gibraltar, tras la derrota británica. El mismo año publicó el capitán Luis de la Gándara El Oficial Alemán, descripción del cuerpo de oficiales, presentada como un ejemplo a imitar.

Sin entrar en la polémica sobre la neutralidad española, otros militares compararon los ejércitos europeos con la realidad local. EL problema militar de España fue un libro publicado en 1916 por un oficial de Burgos. Prudentemente, firmó como Capitán X lo que era una larga enumeración de los defectos de nuestro sistema militar, constantemente comparado con los europeos. Por su parte, el general Burguete intervino en la cuestión. Era un veterano de las guerras coloniales, ascendido gracias a ellas. En 1905 intrigó en las presiones militares del asalto al Cu-Cuty La Veu. La guerra del 14 le despertó un tibio reformismo, expresado en alguna obra breve de 1915 y 1916 y  en La Ciencia Militar ante la Guerra Europea (1917). Hombre conservador, autor de un durísimo bando en la huelga de 1917, pedía dos millones de soldados españoles sobre las armas, porque España está verdaderamente indefensa con un ejército exiguo hasta en el papel. Según él, hasta la distribución del gasto militar era deficiente en España, pues Francia lograba 646 soldados por cada millón de presupuesto militar, Alemania 697, y España sólo 523.

Posturas ante la guerra

El reformismo liberal agudizó sus comparaciones, cuando la guerra demostró que los ejércitos de países democráticos eran capaces de batir a las tropas de las monarquías autoritarias de Centroeuropa. Los partidos obreros, en cambio, no atendieron a las posibles reformas militares, más preocupados en la transformación global de la sociedad y atentos, sobre todo, al esperanzador ejemplo de la revolución rusa.

El partido conservador, ante el desarrollo de la guerra, defendió el mínimo programa militar del general Echagüe (1915), que incluía la creación de un ministerio de Defensa, responsable ante la Junta de Defensa del reino. A pesar de los esfuerzos de Maura, el proyecto fracasó y los liberales impulsaron el suyo, que pretendía controlar la capacidad técnica de los oficiales próximos a ascender. Desde 1914 existía un proyecto para que ciertos jefes pasaran un examen de aptitud antes del ascenso. pero nadie se atrevía a ponerlo en práctica.

Las pruebas pensadas para el examen eran simples, inútiles y, según muchos militares, vejatorias. Todos los funcionarios del Estado tenían congelados sus sueldos desde 1914, mientras la inflación aumentaba. Y, en 1916, se decidió practicar el examen a los militares de Barcelona. La indignación del arma de Infantería, resentida por los ascensos de Marruecos, se disparó cuando se supo que artilleros e ingenieros eran dispensados de la prueba.
En los regimientos barceloneses de infantería, los oficiales formaron juntas de defensa. La iniciativa correspondió a los capitanes Alvarez y Viella, perjudicados por la congelación de las escalas. Pero el coronel Benito Márquez hizo suyo el asunto. La mala situación profesional y la intuición de ser la pieza que mantenía el sistema político estimularon la actividad de las juntas, que se extendieron a toda España.

El movimiento era corporativo y reivindicaba mejoras económicas (la oficialidad y tropa se hallan peor atendidas que las de cualquier otro país) y el cuidado al ejército, que se encuentra, en absoluto, desorganizado, despreciado y desatendido de sus necesidades.

El poder de las juntas doblegó al Gobierno, sin que se adaptara el ejército a los nuevos tiempos.

La verdadera reivindicación fue profesional y contra los ascensos de Africa. En el Gobierno de garcía Prieto ( 3-XI-1917), las juntas impusieron a Juan de la Cierva como ministro de la Guerra. Ya que las juntas sólo admitían miembros hasta el grado de coronel, prefirieron un testaferro civil en el ministerio que los tradicionales generales. La Cierva no se plegó a las exigencias de las juntas, aunque manipuló su inquietud con mejoras económicas y la promesa de una reforma militar.

En cambio, expulsó del ejército a los suboficiales y sargentos que habían formado juntas como las de sus jefes. Eran asociaciones bienpensantes que se felicitaban en Navidad, intercambiaban correspondencia en papel timbrado y presentaban mínimas reivindicaciones profesionales. Pero el ministro, un duro del partido conservador, creyó que preparaban una revuelta, inducida por los vientos de Rusia.

De modo que la cacareada reforma se concretó en la ley de bases de 1918, expresión de un conservadurismo que si nada tenía que aportar reguló, no obstante, los ascensos de los oficiales. Queda prohibido otorgar ascensos hasta coronel o asimilado mediante elección, en tiempo de paz, salvo ley especial que lo autorice expresamente en casos extraordinarios. Las juntas perduraron hasta 1922, derribaron gobiernos, intrigaron en los cuarteles y desunieron a los oficiales, pero nada hicieron por mejorar el ejército.

EDADES DE RETIRO DEL EJERCITO

DESTINOS JEFES Y OFICIALES DE INFANTERÍA, ESCALA ACTIVA, EN 1919
ESPAÑA 1918 (años) ALEMANIA FIN S. XIX (años) COR TTE COR COMTE CAP

Teniente General

72

63

Número total 237 518 1.063 2.317

General de División

68

60

En cuerpo armado 60 199 223 907

General de Brigada

64

56

Coronel

62

54

Teniente Coronel

60

52

Comandante

58

48

Capitán

56

45

FUENTE: ANUARIO MILITAR DE ESPAÑA

El nuevo reformismo

El ejemplo de la guerra europea, la crisis nacional de 1917 y el pretorianismo de las juntas reverdecieron el reformismo militar de los liberales, dentro y fuera del sistema dinástico. Ya en 1915, Romanones había escrito Reformas militares, a consecuencia de la guerra. Pero las aportaciones más sólidas llegaron a partir de 1917. En España se había ignorado la transformación que, desde finales del siglo XIX, sufrieron los ejércitos británico y francés. Los conceptos de Percin o Moch, defensores de ejércitos al servicio del Estado democrático, eran desconocidos. Incluso cuestiones como las planteadas en el ejército francés, por la implantación del servicio obligatorio, no fueron tratadas aquí. Las obras de Mahan sobre el poder naval fueron publicadas en España cuando ya nuestra flota se había hundido en Santiago de Cuba. Y las relaciones entre el ejército y los problemas sociales son un desierto bibliográfico, con algún oasis aislado, como Militarismo y socialismo (1906) del capitán García Pérez, influido por el sindicalismo católico, o Misión social del ejército (1907), del entonces capitán Fanjul, que después viró al ciervismo.

Pero los temas militares no despertaron tampoco el entusiasmo de los políticos. Curiosamente, la fuerza fundamental del sistema plateaba un problema que el pensamiento público consideraba insoluble. En 1917 y 1918, Ramón Pérez de Ayala publicó dos artículos en La Nación de Buenos Aires. Su tesis estaba influida por el modelo militar norteamericano, que propugnaba imitar en España. Aquí el ejército se había convertido en un Estado dentro del estado, en un poder políticamente autónomo. Pérez de Ayala insistía en la disciplina política de los ejércitos: un militar jamás debe sublevarse, porque ha puesto su libertad política al servicio de la nación.
Los liberales solían aliadófilos y la contemplación del panorama europeo, y sobre todo francés, estimuló los dos planteamientos más importantes del tema. Uno, desde el liberalismo dinástico. Otro, desde la oposición circunspecta del partido reformista de Melquíades Alvarez. Sus autores era, respectivamente, Romanones y Azaña.

Romanones jamás se atrevió a poner en práctica sus ideas, pese a formar parte en varios gobiernos. Su libro básico es El ejército y la política (1920), dedicado a su hijo muerto en Africa como teniente. para Romanones, el ejército era en España un desconocido del que nadie tenía idea completa, mientras el pueblo esperaba la llamada a filas con el mismo temor que al recaudador de contribuciones.

El nacimiento de la Sociedad de Naciones y la oposición de los movimientos obreros a la guerra no le hacían creer en la desaparición próxima de los conflictos. Un país no podía tener política internacional sin tener ejército; pero en España, a pesar de la importancia del problema, el Parlamento se inhibía sistemáticamente, no se fiscalizaban las operaciones militares y no se analizaban los presupuestos.

Las buenas ideas de Romanones quedaron en letra muerta. En la fotografía, Romanones en la votación del 14 de abril de 1931

La política militar de Romanones

Aunque con palabras respetuosas, Romanones cuestionaba todo el sistema militar español y presentaba soluciones extraídas de la comparación europea. para él, el ejército alemán era un ejemplo pernicioso de nación armada, cuyos oficiales elitistas eran antidemocráticos y sólo capaces de la violencia. En cambio, los países democráticos contaban con ejércitos controlados por el parlamento y los oficiales eran modélicos por reclutarse en todas las clases sociales. Como ejemplos más válidos citaba el británico, el suizo y, sobre todo, el francés, cuya oficialidad de complemento procede de la burguesía, de la más alta a la más baja, y fue el secreto de la victoria de 1918.

En el terreno de las realizaciones, propugnaba la desaparición de las capitanías generales y gobiernos militares; la transformación del cuerpo de oficiales, que debía educarse en una cultura científica y literaria suficiente, proporcionada por academias donde el Ministerio de Instrucción Pública compartiría las funciones docentes. El oficial debía ser un psicólogo, un educador y un pedagogo, porque la aplicación estricta y severa de la Ordenanza ya no era suficiente.

Proponía organizar bibliotecas y estimular los estudios de los oficiales, cuyo número debía reducirse. El ejército era una institución separada del país, pero debía lograrse que participara en la vida común y que dejara de ser una institución teórica, para convertirse en un cuerpo eficaz. El ejército había carecido siempre de medios y sin ellos no se podía hacer la guerra. Se dirá que el soldado español es el más sobrio del mundo …, son cuentos …, el soldado español, en su mayor parte, entra en filas necesitado más que ningún otro de estar bien cuidado y bien alimentado. El problema militar era un problema nacional en que todos hemos de poner nuestras manos. El resultado final sería la eficacia de la institución y el restablecimiento de la disciplina política del ejército, al que las guerras civiles habían desviado de sus obligaciones.

Los proyectos de Manuel Azaña

Las ideas de Azaña en 1918 no diferían sustancialmente de las romanonistas. Su afición a los temas militares arrancaba de dos visitas a los frentes de guerra, en comisiones de intelectuales aliadófilos. Desde allí envió artículos, que aparecieron en la prensa. De su contacto con los militares extranjeros, sobre todo franceses, captó la idea de un ejército integrado en el estado democrático, eficaz en la guerra moderna y disciplinado políticamente. Para él la neutralidad del ejército en las cuestiones de orden interno es, en efecto, un postulado de todo régimen civil.

Vuelto a España escribió La política militar francesa (1918), pronunció algunas conferencias y presentó la ponencia La reforma del ejército, en el partido reformista, donde militaba entonces, con un grupo importante, de la que sería plana mayor del republicanismo.

Tampoco creía que la Sociedad de Naciones pudiera acabar con la guerra. Participaba en la necesidad de que España contara con un eficaz ejército defensivo, dentro de la repulsa que cualquier agresión bélica despertaba entonces en Francia. la política militar de un país democrático debía dirigirse, ante todo, a separar al ejército de la política y a convertirlo para la guerra. La defensa nacional debía descansar en ciudadanos movilizados, huyendo de cualquier ejército profesional, que carecía del sentido igualitario y ciudadano del recluta forzoso, y era caro, ineficaz y políticamente peligroso.

Su sentido de la reforma militar pasaba también por la reorganización de la enseñanza, la integración de la justicia militar en la general del estado, la desaparición de la jurisdicción territorial de las autoridades militares y la reducción del número de oficiales.

El ejército debía convertirse en una institución neutral, separada de las cuestiones políticas y del mantenimiento del orden público. Destinado sólo a las cuestiones referidas a la defensa nacional.

Asignatura pendiente

La transformación suscitada por la guerra del 14 fue la eterna asignatura pendiente del estado. El liberalismo en el poder jamás se consideró bastante fuerte para emprenderla. Desde 1917, en que la necesidad de cambios era mayor, se inició un retroceso general. Y lo mismo ocurrió con la posibilidad de reformar el ejército. La última, y ya imposible, oportunidad la tuvo el gobierno García Prieto (7-XII-1922), con Romanones, en Gracia y Justicia, y Alcalá Zamora en Guerra. Pero el gabinete adoptó una política vacilante e incapaz ya de reformar nada; Alcalá Zamora dimitió y ocupó el cargo el general Aizpuru.

Primo de Rivera fue también un reformista a su modo. Obviamente enfrentado a las ideas de reformismo político en el ejército, deseó llevar acabo la reforma técnica atascada desde siempre. En el ejército se notaba su necesidad. En 1926 escribía el coronel Franco: La reorganización de nuestro ejército y el perfeccionamiento de sus cuadros ha llegado a ser un imperativo de los tiempos presentes (Reformas necesarias, en Revista de tropas coloniales, noviembre, 1926). Pero la dictadura no podía hacerla sin malquistarse con el ejército. Como la clave estaba en la reducción del cuerpo de oficiales, estudió dos proyectos, que no osó poner en práctica. Igualó el sistema de ascensos en todos los cuerpos, lo que enfrentó a los artilleros, y poco más.

El impacto provocado por la guerra del 14 quedó congelado. Aún en 1930 el comandante Vicente Montojo planeaba en Ejército moderno una reforma técnica inspirada en la Gran Guerra y propugnaba la organización del servicio de información, la defensa antiaérea, la guerra química y las unidades de tanques, que aquélla había producido y no existían en España.

Cuando cayó la monarquía, Manuel Azaña formaba parte del Comité Republicano. Por sus antiguas aficiones a lo castrense, en 1918 fue designado ministro de la Guerra. Entonces puso en marcha sus proyectos de trece años antes. Las viejas ideas liberales, activadas al reflujo de la Gran Guerra, alumbraron la reforma militar de la Segunda República.

La reforma de Azaña fue ingenua, tímida y vivió poco. Socavada en 1934 por Diego Hidalgo y en 1935 por Gil Robles, murió en 1936. Otra vez, el viejo reformismo quedó en nada.

JEFES Y OFICIALES DE LA ESCALA ACTIVA Y PROPORCION CON LOS CORONELES
1905 1912
NUMERO % NUMERO %
ESTADO MAYOR
CORONELES 25 28
TENIENTES CORONELES 61 84
COMANDANTES 74 87
CAPITANES 121 106
SUMAN 281 8,89 9,18
INFANTERIA
CORONELES 227 237
TENIENTES CORONELES 424 518
COMANDANTES 1.095 1.063
CAPITANES 2.234 2.317
1º TENIENTES 1.847 932
2º TENIENTES 286 537
SUMAN 5.533 4,10 5.604 4,22
CABALLERIA
CORONELES 67 74
TENIENTES CORONELES 77 109
COMANDANTES 204 248
CAPITANES 513 542
1º TENIENTES 598 542
2º TENIENTES 135 119
SUMAN 1.594 4,20 1.512 4,89
ARTILLERIA
CORONELES 54 75
TENIENTES CORONELES 115 155
COMANDANTES 210 263
CAPITANES 464 597
1º TENIENTES 473 256
SUMAN 1.315 4,10 1.345 5,57
INGENIEROS
CORONELES 37 53
TENIENTES CORONELES 64 75
COMANDANTES 108 130
CAPITANES 256 289
1º TENIENTES 142 113
SUMAN 607 6,09 660 8,03
Cuadro elaborado según datos extraídos de los escalafones del ejército activo, que figuran en el Anuario Militar de España de los años 1905 y 1912. Las cifras son, por ello, reales y no las que figuran en plantilla.