Retrato de Leandro Fernández de Moratín

Retrato de Leandro Fernández de Moratín

Retrato de Leandro Fernández de Moratín
1799
Oleo sobre lienzo
73 x 56 cm
Real Academia de Bellas Artes
de San Fernando, Madrid

En su Diario escribió Moratín el día 16 de julio de 1799: “A casa de Goya: retrato”. Esa anotación documenta y fecha la realización de este magnífico retrato del poeta, comediógrafo y traductor Leandro Fernández de Moratín, gran amigo del pintor. Aunque el conocimiento entre ambos se remontaba a la década anterior, cuando se conocieron por medio de su amigo común Jovellanos, la relación entre Goya y Moratín se hizo muy estrecha a partir de finales de 1796, al regreso del escritor de un largo periplo viajero, iniciado en 1792. Con una misión oficial y secreta, Moratín había viajado por Francia, donde había vivido en París con estremecimiento algunos de los acontecimientos trascendentales de la Revolución Francesa, como el asalto a las Tullerías el 10 de agosto de 1792 y la formación de la Comuna de París, y después por Inglaterra, Países Bajos, Alemania, Suiza e Italia.

A su regreso, Moratín fue nombrado secretario de interpretación de lenguas del Despacho del Consejo del Rey, y las visitas al estudio de Goya, así como sus contactos, fueron frecuentes, como quedan reflejadas en su Diario. El 21 de mayo de 1798 Moratín, buen conocedor de la pintura y hábil dibujante, acompañó a Goya a ver las pinturas de la iglesia y convento de las benedictinas de San Plácido. Seguramente, ya le habían encargado a Goya las pinturas para San Antonio de la Florida, lo que explicaría esa visita para contemplar las pinturas decorativas de Francisco Rizzi, Cabezalero y Coello.

Por entonces, las comedias de Moratín, El viejo y la niña, estrenada en 1790, y la más famosa, La comedia nueva o El café, estrenada con gran ruido en 1792, seguían representándose con mucho éxito en Madrid. Como buen ilustrado, Moratín compartía con Goya un sentido crítico y fustigaba en sus comedias los defectos de la sociedad de la época. Para Moratín, el teatro debía ser “espejo de la virtud y templo del buen gusto”. En ese sentido, se aprecian indudables paralelismos entre los fines de las obras teatrales de Moratín y los Caprichos de Goya, que en esos años de estrecha relación con el escritor madrileño estaba preparando el pintor aragonés.

En ese contexto de amistad profunda hay que situar la realización de este soberbio retrato en el verano de 1799. De entre los que Goya hizo de sus amigos en la década de 1790 éste de Moratín es el más sencillo de concepción y el más directo. En un retrato ya romántico. Sobre un fondo oscuro se destaca en magistral claroscuro, de ecos rembrandtianos, la figura de Moratín, que tenía entonces 39 años. En posición de tres cuartos, dirige su mirada hacia el espectador.

Es el retrato psicológico de un hombre reservado, inteligente y atrevido. Físicamente, Moratín era de ojos vivaces, nariz prominente, cuyo exceso disimuló Goya colocándola casi en perpendicular, labios carnosos y barbilla redondeada. Su vestimenta es de una gran sobriedad, no exenta de elegancia. Lleva el pelo natural suelto, a la moda impuesta por los revolucionarios franceses, y la casaca a la última moda, con corbatín negro romántico.
La factura es rápida y empastada, matizando mucho los rasgos faciales y los brillos de la casaca marrón. Es un retrato hecho con presteza, en una sesión de pose y alguna más para acabarlo.

La amistad entre ambos se haría más profunda, si cabe, en los años de Burdeos, en que Goya le volvió a retratar. Sabemos que Moratín tuvo siempre un aprecio especial por este primer retrato. A su muerte, acaecida en París en junio de 1828, dos meses después del fallecimiento de su amigo Goya, este retrato pasó a la Real Academia de San Fernando de Madrid, por legado testamentario del escritor, siendo entregado a la institución el 24 de diciembre de 1828.

Arturo Ansón Navarro.