X. Conclusión

Al final de este repaso de seis siglos de arquitectura árabo-musulmana, podemos constatar que el Corán ha dotado a todo un pueblo de una dinámica irresistible que conduce al establecimiento de grandes imperios —omeyas y abasíes— que han revolucionado la faz del mundo. El arte islámico se basa en un principio en las herencias de Bizancio y de Persia, para crear extraordinarias obras de arte, afirmando siempre sus características a través de los espacios hipóstilos de las mezquitas. Es aquí donde los creyentes se reúnen y adoptan, para la plegaria ritual, una disposición «topológica» en el sentido de la anchura, lo que da origen a la sala oblonga y horizontal.

En el campo de la arquitectura civil, la concepción se inscribe dentro de la continuidad de las construcciones palatinas romanas y sasánidas, dirigidas por un ceremonial aúlico complejo, cuyos legados asumen los soberanos, enriqueciéndolos con numerosas innovaciones técnicas. En tiempos de los Omeyas, el centro donde el califa ejerce su poder sustituye a los «castillos» imperiales de la Antigüedad Tardía, con sus patios y su aula regia. Las fórmulas que se imponen en la planificación de los grandes palacios abasíes de Samarra son análogas a las que se habían extendido en Ctesifonte bajo los Reyes de reyes de Persia. Pero el tamaño considerable de las residencias de los Príncipes musulmanes, concebidas como ciudades fortificadas, introduce en las formas de expresión árabes la planta ortogonal de los jardines emblemáticos en tchahar bagh de Irán.

Durante los primeros siglos del Islam, la decoración es ampliamente tributaria, en Occidente, de las formas y técnicas procedentes de Constantinopla: mosaicos con fondo de oro, revestimientos de mármol policromado, bronces, etc. Unos acuerdos entre califas y basileïs permiten una estrecha colaboración artística que produce obras de gran interés.

La explosión de las mukarnas

A partir del siglo XI, las construcciones iraníes extienden sobre amplias regiones islámicas sus alzados y fórmulas procedentes de Persia: es el caso de la madraza, escuela coránica cuya concepción deriva de la mezquita persa, y de su órgano característico: el iwan que se abre ampliamente sobre el patio. Asimismo, las estalactitas o mukarnas —que en un principio eran un elemento estructural— se van transformando en un sistema decorativo. Estos alvéolos en forma de «panal» empiezan a constituir un motivo recurrente del arte musulmán, lo mismo que el arco de herradura se convierte en signo distintivo.

A pesar de que el Corán no menciona una prohibición de la imagen figurativa, el respeto —generalmente observado en los edificios religiosos— del segundo Mandamiento del Decálogo provocó un desarrollo considerable de la ornamentación abstracta y geométrica. En este campo, los artistas musulmanes, transidos de geometría y de trazados recurrentes, dieron prueba de una extraordinaria imaginación que consiguió expresarse en el embaldosado del suelo, los paramentos de mármol, los estucos modelados y sobre todo la decoración de los mihrab. Las cúpulas son muchas veces la expresión de un gran virtuosismo tanto tecnológico como decorativo, en el que intervienen unos juegos de estrellas formados por trazados de 4, 5, 6, 8, 12 y 16 puntas que los artesanos saben combinar con rara maestría.

Todos estos caracteres específicos del arte del Islam seguirán desarrollándose en el mundo árabe tras la caída del califato abasí del siglo XIII, y extendiéndose en las construcciones de Persia, de Turquía y de la India. Se trata por tanto de un lenguaje que es propio de la arquitectura islámica nacida en tiempos de los Omeyas y de los Abasíes, en un área inmensa que va desde la orilla del Atlántico hasta los confines del Golfo Pérsico. En ella se han creado nuevos espacios, unos órganos concretos y un sistema ornamental original que hizo de la época del Islam clásico un tiempo de profunda renovación de las formas estéticas.