IX. Isabel II: Le diable au corps

Por Isabel Burdiel, Universidad de Valencia.

Parece distraída, ensimismada, los ojos y la boca ciegos y duros, las mejillas abotargadas y flácidas. No mira sino que es mirada. No se defiende, se expone. Apenas intuyendo lo que ocurre a su alrededor. Es un retrato de busto, un grabado muy nítido que tiene la forma y el tamaño de una de esas cartes de visite que tan de moda se pusieron en el Madrid de mediados del siglo XIX. Está perfectamente conservada y se encuentra perdida, por su tamaño, entre varios papeles de dibujo en los que una mano adolescente ha trazado, con más cuidado que soltura, un potente brazo que sostiene un pergamino, un decreto quizás, y un enorme pie desnudo: todos ellos dedicados, con letra infantil, «A mi queridísima Mamá»1.

La tarjeta está ocupada completamente por el rostro de esa mujer siniestra, perdida. La dureza de los rasgos destaca más aún entre unos ejercicios de dibujo que tratan de imitar la serenidad clásica. La iconografía que rodea el rostro, y que forma parte de su composición, es rígida y brutalmente explícita en su simbolismo. Una corona de corazones sangrantes señalados con la «S» de Serrano, la «B» de Bedmar, la «A» de Ruiz de Arana y la «P» de Puigmoltó, aquellos nombres que la opinión pública reconocía como los amantes de la reina Isabel II a mediados de los años cincuenta. «AMORT» se lee en la corona y, sobre ella, indiscutible, sor Patrocinio. La cara marchita está dibujada con el cuerpo regordete y los hábitos del padre Claret que sonríe instalado en el centro de su frente. El pelo está poblado de frailes y monjas que sostienen bolsas de monedas, «Para os conventos», y el velo que le cae por detrás lleva estampada la palabra «Crueldad». Sobre el cuello desnudo las efigies muertas del general Zurbano y sus hijos.

En la gran banda que recoge el traje y que cruza su pecho, «INGRATITUD», y dos grandes broches o medallas; condecoraciones malignas que contienen cada una de ellas una nueva acusación. En la primera, la escena de un agarrotamiento público y los nombres de lugares como Loja, Barcelona, Logroño, Baracaldo, Sevilla, Badajoz, Madrid, Alicante o Zaragoza. Los lugares de la memoria de las sublevaciones progresistas y republicanas y de su represión a manos de los gobiernos de la reina. En la otra medalla una Biblia arde rodeada del «Fanatismo» y la Intolerancia». Un largo collar de calaveras y tibias completa el cuadro. Es Isabel II, en todo su esplendor; el símbolo de todos los obstáculos tradicionales, de todas las crueldades e ignominias de un reinado que estaba a punto de acabar.

Guardada celosamente por su madre, archivada entre sus dibujos infantiles, aquellos dedicados «a mi queridísima mamá», la pequeña carte de visite antimonárquica, probablemente producida a mediados de siglo, recoge todo aquello que compone la imagen histórica fundamental que nos ha quedado de Isabel II y de su reinado: fanatismo religioso, represión antiliberal, camarillas siniestras y amores ilícitos. Para entonces, Benito Pérez Galdós, describía la decadencia física y moral de aquella mujer que, tan sólo veinte años antes, había pintado Madrazo en toda su gloria:

Las formas abultadas, algo fofas, iban embotando su esbeltez y agarbanzando su realeza. Parecía distraída, inquieta, y sus ojos, de un azul húmedo y claro, sus párpados, ligeramente enrojecidos, más expresaban el cansancio que el contento de la vida. Eran los ojos del absoluto desengaño, los ojos de un alma que ha venido a parar en el conocimiento enciclopédico de cuantos estímulos están vedados a la inocencia2.

Es el icono de una cultura, la isabelina, que la España regeneracionista consideraba el epítome de todos los vicios y todos los fracasos de un país que parecía incapaz de sacudirse sus fantasmas de atraso, incultura, fanatismo y excepcionalidad. La España que una revolución, autodenominada Gloriosa, creyó barrer para siempre en 1868. Fernando Garrido, en una de las primeras historias generales del reinado de Isabel II, ya había concluido que todo en ella estaba destinado al fracaso: «Las reacciones y las revoluciones, la libertad y el compromiso, la crueldad como la clemencia, todo le ha sido funesto, todo ha contribuido a precipitarla del trono y arrojarla de la patria, a donde no volverá jamás»3.

Volvió, brevemente, pero Cánovas del Castillo y su propio hijo, no la dejaron instalarse en Madrid. Tras una humillante estancia en Toledo y en la Sevilla de los Montpensier, regresó al palacio de Castilla en la avenue Kléber, en París. Al final de su vida, Isabel II era plenamente consciente de su fracaso como reina pero aún parecía perpleja respecto a sus causas. Antes de morir, Galdós estuvo con ella y quiso contribuir a exculparla, a acercarla a su propia verdad: «Ha faltado tiempo, ha faltado espacio […] yo quiero, he querido siempre el bien del pueblo español. El querer lo tiene una en el corazón; pero ¿el poder dónde está? […] El no poder, ¿ha consistido en mí o en los demás? Esta es mi duda»4.

Ésta es exactamente también la pregunta central: ¿En qué condiciones y con qué sentido se puede hablar de poder y de ejercicio del poder personal en el caso de Isabel II? ¿Hasta qué punto fue ella culpable de la inestabilidad continua de los gobiernos de su reinado? ¿A quién, o a quiénes, convenía la imagen de caprichosa omnipotencia que los diversos grupos liberales le atribuyeron eximiéndose, así, de paso, de sus propios errores, del cainismo con que se trataron unos a otros? ¿No sería menos cierto que la profunda fragmentación interna de todos los partidos, y las luchas que los socavaron, impidieron a la monarquía elevarse como institución por encima de las luchas partidistas?

A Galdós, invadido aquella tarde de principios del siglo XX, según su propia confesión, por un «alelado respeto», casi le convenció de que ella, contra toda apariencia, e incluso a riesgo de caer en el más vulgar de los juegos de palabras, nunca había tenido poder real ni, por lo tanto, culpa. Tan sólo, quizás, la culpa de la más genuina ignorancia y de la más profunda desorientación respecto al modo de usar de ese poder que nunca entendió plenamente.

Isabel II fue reina a los tres años, tras morir su padre en 1833. Fue, sin embargo, una reina cuestionada desde su mismo nacimiento: «Un heredero, aunque hembra», dice Cambronero que fue la opinión unánime al saberse que, por fin, Fernando VII había tenido descendencia5. Nada más morir el último rey absoluto, su tío, el infante don Carlos, se negó a reconocer sus derechos al trono por haber nacido mujer. Comenzaba así una década de guerra y revolución. Otra mujer, su madre María Cristina de Borbón, se hizo cargo de la regencia del reino mientras ella era menor. Incapaz de sostenerse por sí misma buscó una alianza con los liberales que siempre fue un pacto a contre coueur, producto de la necesidad. A pesar de las diversas formas de resistencia de la regente, y tras sucesivas revueltas, los liberales lograron imponer un sistema constitucional pleno que recortaba sustancialmente los poderes de la Corona. Isabel II vivió su infancia en una corte absolutista, secuestrada por la revolución liberal y resistente a ella. Era un mundo de contradicciones y de sobresaltos, de pequeñas intrigas y de un gran secreto oculto.

Ese gran secreto la afectaba personalmente y la alejaba de su madre. María Cristina de Borbón no guardó luto por su marido muerto. Pocos meses después de morir Fernando VII se casó secretamente con un guardia de corps, Fernando Muñoz. Aquel amor la alejó de cualquier otro cariño. Con Muñoz tuvo Cristina varios hijos que Isabel II conocería y acogería más tarde, forzada por el respeto filial que su madre no dejó nunca de exigirle e imponerle. Durante años, sin embargo, aquella «otra familia» vivió oculta y la reina niña pasó su infancia en el Palacio Real, con su hermana Luisa Fernanda, mientras su madre pasaba largas temporadas retirada en El Pardo. El coronel Saint Yon, uno de los muchos agentes franceses en España, informaba a su ministerio de que «las personas a las que su función retiene junto a la Reina menor no forman parte de la sociedad íntima de la Reina madre: la separación de vida entre ambas es casi completa». Quizás es más conveniente, añadía, que la regente no resida en Madrid, «donde su vida privada, que es como mínimo singular, por no decir algo más, acabaría por destruir el poco prestigio que le queda a la realeza en este país»6.

Cuando la reina contaba apenas once años, la apuesta personal de María Cristina, y de un entorno político tan moderado que rozaba el absolutismo, por revertir buena parte de los logros de la ruptura liberal producida desde 1836, condujo a una nueva revolución. En 1840, la reina niña se quedó sola en Madrid, en manos del nuevo regente, Baldomero Espartero, un militar de carrera hijo de un carretero manchego, mientras su madre marchaba al exilio. Vivió su primera adolescencia en un mundo de verdades y mentiras contrapuestas sin saber exactamente qué había pasado, qué retenía a su madre fuera de España y cuál era su posición ante las nuevas gentes que la rodeaban.

Mientras la condesa de Espoz y Mina se esforzaba por inculcarle una educación acorde con la máxima progresista de que «el rey reina pero no gobierna», María Cristina, desde París, conspiraba contra la regencia de Espartero y financiaba a los militares descontentos con la situación progresista. Por todos los conductos posibles le fue haciendo saber a su hija que aquellas «nuevas gentes», tan amables, eran en realidad enemigas suyas, de su autoridad y de sus derechos. Eran «los revolucionarios», el azote de los reyes. Su amabilidad era engañosa; el cariño que ella había llegado a tomarle a la virtuosa y enlutada condesa de Espoz y Mina era, en realidad, una traición a su madre, arrojada de España por los mismos que ahora buscaban congraciarse con su hija.

Finalmente, en una oscura y desapacible noche de octubre de 1841, un grupo de jóvenes militares intentaron secuestrarla y llevarla a París, como prenda de una sublevación financiada por su madre y por su padrastro. Hubo tiros y hubo muertos, y su vida corrió peligro. Sus cuidadores, o sus guardianes, tuvieron muchas dificultades para explicarle el origen y la intención de aquellos sucesos. Las mismas dificultades que tuvo María Cristina para ganarse de nuevo su confianza cuando, una vez vencido Espartero dos años más tarde, todos los grupos liberales pugnaban por ganarse la confianza de la reina niña cuyo acceso precipitado al trono comenzaba a prepararse entonces.

Nadie quería otra regencia y todas las esperanzas de paz y estabilidad se centraron en un adelanto de la mayoría de edad de aquella adolescente caprichosa y desconcertada. Isabel II comenzó a reinar efectivamente el día que cumplía trece años. Desde ese primer día, todas las instrucciones de gobierno y de comportamiento le vinieron de su madre y de sus agentes en Madrid. Una vieja dama de palacio, la condesa de Santa Cruz, y el gran líder del moderantismo más autoritario, Juan Donoso Cortés, fiscalizaban todos sus actos y ponían todas las palabras en su boca. No sabemos qué ocurrió realmente, pero un día la reina le entregó, contenta, un decreto de disolución de las Cortes al progresista Salustiano de Olózaga para que dirigiese las elecciones y el Parlamento a su antojo. Al día siguiente, la misma reina dijo que había sido forzada a hacerlo. Fue una falsedad, espontánea o inducida por su entorno, que tuvo el efecto de desplazar definitivamente a los progresistas del poder y entregárselo a los moderados. La imagen de la reina inocente, de la reina de todos los españoles, quedó para siempre hecha trizas. Nunca sabremos de quién partió aquella intriga que envolvió a una niña aterrorizada, quizás, por lo que había hecho. En todo caso fue una señal muy temprana de la impotencia de la reina, de su debilidad y del férreo nudo de intereses que los liberales moderados habían creado en torno a ella.

Refugiada en una precocidad impuesta, volviendo los ojos al primero de los dos grandes retratos de Madrazo, aquel que la contempla en todo el esplendor de su adolescencia, la anciana condesa de Toledo murmura al oído de un viejo radical fascinado: «Pónganse ustedes en mi en mi caso […]. Este me aconsejaba una cosa, aquél otra, y luego venía un tercero que me decía: ni aquello ni esto debes hacer, sino lo de más allá». Ella siempre habló de tú a todo el mundo, pero algo de su habla se adivina entre el panegírico de Galdós, conmovido por su muerte en abril de 1904: «Diecinueve años y metida en un laberinto por el cual tenía que andar palpando las paredes pues no había luz que me guiara. Si alguno me encendía una luz, venía otro y me la apagaba». Era joven, muy joven, en aquellos inicios de su reinado. De ahí vienen todos los yerros, todas las culpas, todo aquel poder ciego que mira sin ver desde los ojos vacuos de una tarjeta postal producida quizás en la Italia carbonaria de los años cincuenta.

Incluso Fernando Garrido es sensible al patetismo de aquella reina cuestionada como tal desde su mismo nacimiento. La reina de los tristes destinos:

Un día son sus parientes, los tíos, los primos hermanos los que le disputan el trono en que aún no se había sentado, rodeando su cuna de peligros, y de ruinas y sangre la nación. Otros, son los pueblos indignados quienes la separan de su madre, entregándola en poder de gentes extrañas para ella; más tarde, apenas entrada en la pubertad, llega esa turba de vampiros, de hombres gastados, corrompidos y escépticos, que se llaman a sí mismos moderados, que tienden lazos a su virtud, comprometen su honra, trafican con su nombre y su libertad, y la precipitan en una tenebrosa noche de miserias, horrores y crímenes, en su satánico sueño que necesitaba a Espronceda como narrador7.

No tuvo a Espronceda pero tuvo a don Ramón del Valle-Inclán, el escritor que —sin conocerla— mejor ha fijado en la memoria popular el grotesco mundo de la corte isabelina. La España negra y sórdida de una corte de los milagros que necesitó crear un estilo literario propio, el esperpento, para poder ser aprehendida. Aquello que sólo la literatura es capaz de decir y que la historia ha ocultado en sus pies de página.

Galdós la imagina viviendo en una perpetua infancia, «la bondad generosa, el fácil arranque para las dádivas y mercedes, el corazón abierto a los cariños y cerrado a los rencores, quedaron oscurecidos y ahogados por la insustancial beatería, por la volubilidad y la sinrazón». Las buenas cualidades de la reina, de una reina que hablaba y pensaba como una señora burguesa del Madrid castizo, eran inútiles para gobernar, ineficaces para la salud de la patria que se alejaba en una dirección que ella era incapaz de seguir. «Fuesen cuales fuesen sus méritos como individuo, era una mujer imposible como reina en las condiciones que comenzaban a prevalecer en la segunda mitad del siglo XIX. Tenía cierta capacidad para la intriga pero era absolutamente incapaz del tipo de fingimiento que ha sido definido como el homenaje que el vicio paga a la virtud»8.

El mayor de sus infortunios —quiere pensar Galdós— fue haber nacido reina «y llevar en su mano la dirección moral de un pueblo, pesada obligación para tan tierna mano». Una mano que no tuvo jamás gente desinteresada que la informase y la guiase:

Los que podían hacerlo no sabían una palabra de arte de gobierno constitucional: eran cortesanos que sólo entendían de etiqueta y como se tratara de política, no había quién les sacara del absolutismo. Los que eran ilustrados y sabían de constituciones y de todas esas cosas, no me aleccionaban sino en los casos que pudieran serles favorables, dejándome a oscuras si se trataba de algo que en mi buen conocimiento pudiera favorecer al contrario ¿Qué había de hacer yo, jovencilla reina a los catorce años […] no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más que voces de adulación, que me aturdían? ¿Qué podría hacer yo? […] Pónganse en mi caso…9.

No es posible hacerlo, no es posible ponerse en su caso. Es posible, sin embargo, seguir escuchando a los que estuvieron cerca de ella, a los que la conocieron y dejaron escritas sus impresiones ante una mujer que vivió su vida como si fuese un sueño y que hubiese querido dejar tan sólo su juventud inocente en el recuerdo de sus contemporáneos; una reina que, sin embargo, fue creciendo con los años hasta la altura de una siniestra carte de visite que su madre quiso guardar entre sus dibujos infantiles. Su primer biógrafo en sentido estricto, Francis Gribble, intentó comprender desde Inglaterra a aquella mujer que

carecía absolutamente de genio y se convirtió exactamente en lo que su educación hizo de ella, y su educación fue tan mala que difícilmente hubiera podido ser peor […]. La virtud no estaba, como dice la gente, en la familia, la virtud política menos que cualquier otra […]. No podía por lo tanto aprender nada bueno observando el ejemplo de ninguno de sus padres y pasó sus años más impresionables bajo la influencia de cortesanos que le enseñaron que el reino era su propiedad privada, y su capricho un principio suficiente para dirigir la elección de sus ministros. Más aún, a la edad en que aún debería haber estado en la escuela, la casaron —por razones de Estado— con un marido que carecía de los atributos esenciales de un marido. ¡Y eso teniendo, en palabras de Guizot, le diable au corps!10.

A Isabel II la casaron, a los dieciséis años, contra su voluntad. Tras complejas negociaciones nacionales e internacionales, el elegido fue aquel que ella más despreciaba, su primo el infante Francisco de Asís. Era el candidato más débil y más manipulable y por eso mismo fue el elegido por el grueso del partido moderado y por el gobierno francés de Luis Felipe. Hasta María Cristina de Borbón dudaba de sus condiciones físicas para marido de una fogosa adolescente: «En fin, usted lo ha visto, usted lo ha oído. Sus caderas, sus andares, su vocecita… ¿no es eso un poco intranquilizador, un poco extraño?»11.

Cuatro meses después de su boda, la separación del matrimonio era pública. La reina se había enamorado de un general progresista, Francisco Serrano, quien la empujó a entregar el poder a los enemigos de su madre. Esta y el general Narváez pusieron fin, por la fuerza, a aquella aventura política y personal secuestrando para siempre su reputación y su voluntad. Comenzó entonces el «ministerio largo» de Narváez quien ocupó al lado de la reina un nuevo papel de apoyo y guardián de la monarquía. Favoritos más discretos sucedieron a Serrano en los favores de Isabel II y el rey consorte mantuvo una apariencia de reconciliación y acomodo tan impostados que toda Europa supo por su boca, y por la de su entorno, de «las locuras de Isabel». Los constantes chantajes a los que la sometió, durante todo su reinado, convirtieron al rey consorte en uno de los grandes elementos de desestabilización de la política de Palacio. El mismo Narváez tuvo que amenazar a Francisco de Asís, en más de una ocasión, con encerrarle en el castillo de Segovia mientras éste no dejaba de conspirar ayudado por un tal fray Fulgencio, por una monja adicta a las llagas y por el poder que le otorgaba el círculo vicioso de pecado, culpa, arrepentimiento, dulces y sobresaltos varios, en que estaba envuelta Isabel II.

En esas condiciones, aquella de quien no se esperaba descendencia tuvo nueve hijos. Cinco llegaron a la edad adulta, entre ellos el futuro Alfonso XII, nacido en 1857. Escribiendo en los meses de aquel embarazo, un diplomático francés informaba a su ministerio:

No vacilo en colocar en la primera fila de los que quieren derribar a la Reina al rey Francisco de Asís, su marido. El resentimiento por las injurias cuyo precio ha aceptado y la falta de valor para vengarse predomina en este príncipe […]. Quiere pues destruir lo que es, en la quimérica esperanza de que obtendrá de los principes carlistas restaurados una regencia de hecho, y de nombre, y la aplastante humillación de su mujer. El nuevo embarazo de la Reina viene a reanimar, si esto es posible, los instintos vengativos del Rey: tras escenas deplorables, con la amenaza de las más escandalosas revelaciones, ya ha obtenido de su mujer una especie de abdicación moral y después marcha resueltamente a su objeto, dirigido por algunos miembros del clero, adherentes fanáticos y reconocidos del partido carlista12.

Caricatura de Isabel II
109 x 59 mm
Madrid, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.
Archivo Histórico Nacional [AHN, leg. 3491, 415. Doc. 40]


Como señala Isabel Burdiel en este catálogo, esta composición, a modo de las cartes de visite de la época, fue realizada probablemente en los ambientes carbonarios italianos de mediados de siglo. La cara marchita de Isabel II está dibujada con el cuerpo regordete y los hábitos del padre Claret. La reina es presentada como la encarnación de todas las crueldades e ignominias del reinado: fanatismo religioso, represión antiliberal, camarillas siniestras y amores ilícitos.

Pocos años antes, en 1854, cuando una combinación de revuelta popular, intriga cortesana, política y militar puso en entredicho su derecho a seguir reinando, el embajador británico en Madrid, describía así a la reina de España:

Es un hecho melancólico, pero incuestionablemente cierto que el mal tiene sus orígenes en la Persona que ahora ocupa el más alto puesto de la Dignidad Real, a quien la naturaleza no ha dotado con las cualidades necesarias para subsanar una educación vergonzosamente descuidada, depravada por el vicio y la adulación de sus Cortesanos, de Sus Ministros y, me aflige decirlo, de Su propia Madre. Todos y cada uno de ellos, con el objeto de guiarla e influirla de acuerdo con sus propios intereses individuales, han planeado y animado en Ella inclinaciones perversas, y el resultado ha sido la formación de un carácter tan peculiar que es casi imposible de definir y que tan sólo puede ser comprendido imaginando un compuesto simultáneo de extravagancia y locura, de fantasías caprichosas, de intenciones perversas y de inclinaciones generalmente malas13.

Felicitémonos de la ceguedad de esa mujer, escribe Fernando Garrido en su fracasada historia del reinado del último Borbón en España,

acaso la desgracia devuelva el sentido moral, y haga abrir los ojos a la luz de la verdad a esa mujer, que no podía ver por estar colocada tan por encima de la sociedad, ni sentir arder en el alma el fuego de la conciencia, por creerse irresponsable, y de una casta distinta y superior a los demás hombres […]; su corona sólo servía para apartarla de la humanidad, para extraviar su inteligencia y depravar su corazón, labrando en definitiva su desgracia y la de todo su pueblo14.

Un pueblo deshonrado por la institución que supuestamente había de encarnar su historia, su tradición nacional; gobernado por una mujer irresponsable, incapaz de representar aquel ideal moral y político al que la monarquía debía su prestigio y su justificación. La fijación de la imagen histórica de Isabel II recoge, en sus elementos esenciales, y aun contradictorios, una curiosa mezcla de los elementos presentes en todos estos esbozos. Cruel y generosa, ignorante y ladina, perversa e ingenua, sexualmente depravada y fanáticamente religiosa, incapaz de comprender ni de apreciar los sacrificios que el pueblo liberal había hecho durante las guerras carlistas a favor del trono de la «inocente Isabel». La perversa Isabel, grotesca encarnación de una grotesca monarquía constitucional que creyó poder refugiar, para siempre, el poder moderado detrás de quien no sabía ejercerlo siquiera en beneficio propio.

La «mala hija» que el archivero de la reina María Cristina, Antonio Rubio, compara desfavorablemente con su hermana la infanta Luisa Fernanda, la devota esposa de un duque de Montpensier que acabó, también, conspirando contra ella. Con muchas más obligaciones políticas que su hermana, rodeada de una familia de la que jamás pudo fiarse, Isabel II acabó separada de todos, incluso de aquella madre que contribuyó tanto a hacerla y deshacerla como reina. El viejo archivero de María Cristina ni la perdona ni la entiende por haberse visto obligada a mantener a su madre en

un destierro hipócrita […] achacándoselo a sus Ministros […]. Hay lo bastante para poder decir, como lo dicen todos, que Isabel 2.a no es para VM una buena hija […]. Digamos o que la reina Isabel no quiere a su Madre o ha tenido quince años la funesta torpeza de obrar en todo como si no la quisiera, ni la hubiera querido jamás15.

Poco antes de ser derrocada, su primo el infante Enrique de Borbón, un antiguo aspirante a su mano, resumía en una iluminadora metáfora sexista aquello que quizás quiso apuntar Guizot, y los efectos que ello tuvo para despojarla de la inviolabilidad a la que, aun en el recuerdo, siempre creyó sentirse merecedora:

Os habéis despojado de vuestra inviolabilidad por falta de respeto propio como mujer y de nobles sentimientos como reina; os habéis despojado de vuestra autoridad al colocaros fuera de los principios de vuestro pueblo liberal […]. Nacisteis para representar, con turbante en la cabeza, la corte de los serrallos, y no un pueblo europeo y constitucional […] ¿Quién sino vuestro cetro ha reducido a esqueleto la monarquía más sólida y venerada?16.

¿Quién sino la «culpable hija de la culpable María Cristina»? como la definió su propio marido, Francisco de Asís, en una carta a don Carlos en la que se ofrecía a guiar al pretendiente carlista hasta Madrid y, entre ambos, destronarla17. Quién sino aquella mujer que su mejor y más compasiva biógrafa, Carmen Llorca, definía como alguien cuyo temperamento era incapaz de responder a los anhelos liberales. Ella es una fuerza viva en constante agitación y dominada por extremo barroquismo de alma. Hay en su carácter mucho de revolucionario y caótico; naturaleza tumultuosa que no encuentra el cauce de su expresión, ni se organiza en una unidad, ni acierta a verterse, suave y paulatinamente al exterior18.

PAUL NADAR
Retrato de Isabel II, 1876
Papel albúmina, 330 x 250 mm
París, Bibliothéque nationale de France [N2-fol. D170951]


Durante el exilio parisino de la reina, la fotografía siguió aportando imágenes que completan su ciclo vital. Los más relevantes estudios franceses y de otros puntos de Europa nos brindan la posibilidad de contemplar la transformación del personaje en su madurez, en la que mantiene el aire de majestad que siempre le acompañó. Paul Nadar, dibujante, caricaturista y fotógrafo de la alta sociedad, política e intelectualidad parisina, acredita en sus retratos un estilo realista, incisivo y directo con el que lograba captar los matices psicológicos del retratado.

La reina generosa, españolísima, popular hasta el mismo momento de derrocamiento, la misma que aparece en las escenas pornográficas atribuidas, aún hoy con todas las dudas, a los hermanos Bécquer: «Entren todos y verán / la célebre niña gorda /que pesa quinientos quilos/sin el cetro ni corona»19. Una obra que recuerda, punto por punto, por su procacidad, por la solidez de la ancestral misoginia de sus alusiones políticas, por su enorme violencia visual, a los folletos y viñetas que circularon en la Francia prerrevolucionaria sobre María Antonieta, la reina extranjera.

Forastera, extraña, aparece también Isabel II para una creciente parte de sus súbditos que cada vez más sienten la España del padre Claret, de sor Patrocinio y de su último ministro, Luis González Bravo, como un territorio extranjero. La institución que había de encarnar a la nación se convierte, con Isabel II, la reina españolísima, en la encarnación de un país ajeno, del «otro» país. Frente al españolismo populachero, sórdido y fanático que representaba Isabel II y su corte, los liberales progresistas y demócratas opusieron otra patria y otra nación, sofocada por los largos años de exclusivo imperio moderado. Frente al barroquismo tenebroso de la corte de los milagros, la sobriedad de una patria fundada en la luz de la razón; frente a la corrupción, el latrocinio y la lujuria, la virtud de una nación traicionada y degradada por una reina que, allá en su niñez, representó todas las promesas de la revolución:

¿Quién al ver, hace treinta y tantos años aclamada con tanto entusiasmo a la inocente Isabel, y al pueblo liberal haciendo por ella tan costosos sacrificios, hubiera podido prever que aquella inocente niña, símbolo de la libertad, sería el más implacable verdugo de la libertad y de los liberales, y que ella acabaría de exterminar a los patriotas que respetaron las balas carlistas?20.

A la inocente Isabel, que fue la bandera de la libertad, del progreso y de la razón, ha sucedido la Eva lasciva e informe que aparece en las viñetas de los hermanos Bécquer que circularon por los cafés de las grandes ciudades durante los años que siguieron a su derrocamiento. Lujuria, crueldad, fanatismo y avaricia compiten —en una grafía sin compasión ni freno— para despojar definitivamente a Isabel II de la magia del trono, del aura que dejó lelo a Galdós. Después de las viñetas de Los Borbones en pelota no hay vuelta atrás. No sólo la reina, sino la Monarquía como institución nacional, se han convertido para siempre en material tangible, personal, corruptible, perecedero. Cuando eso ocurre es el trono hereditario y todo el simbolismo político y moral a él asociado el que tendrá ya, para siempre, le diable au corps.

Isabel II marchó al exilio con sólo treinta y ocho años. Para entonces, los vicios privados y públicos de la reina habían contaminado todo el diseño de la Monarquía constitucional en España. Aquel oficio de reinar, que Adolphe Thiers tan sólo acertó a definir como ser «la imagen más verdadera, la más alta y la más respetada del país»21, se había convertido —en sus manos— en exactamente lo contrario. «Adiós España, ¿cómo estás? Bien, ¿y tú, República? Para servirte. ¿Me llamabas? Pché… ahora no; pero no te alejes mucho»22.

Llegó un monarca nuevo, Amadeo de Saboya, y se fue. Llegó la República y se fue. Por fin, su hijo, Alfonso de Borbón, comenzó a reinar y la reina más española quiso volver a su patria. No se lo permitieron. Su imagen, su destrozada imagen, podía contaminar todo el edificio, tan laboriosamente construido, de la Restauración. Con el título de condesa de Toledo, sin poder saborear las luces y las sombras del papel de reina madre, Isabel II vivió el resto de su vida en un viejo palacio en París. Nada más llegar al exilio se separó de su marido, Francisco de Asís, y aún tuvo que conseguir que un ministro progresista, Sagasta, le devolviese las cartas más comprometedoras de sus amantes. Aquellas cartas que, guardadas en el Ministerio del Interior, habían servido a sus ministros, y a su marido, para chantajearla toda su vida23.

MARIUS NEYROUD
Retrato de Isabel II, 1902
Papel baritado, 210 x 140 mm (273 x 187 mm)
Inscripción: dedicado a pie de foto, «Bendiciéndole sin cesar y queriéndole / infinito este siempre con el corazón con / su nieto el Rey Alfonso XIII, su amantísima/ abuela Isabel II».
Patrimonio Nacional. Madrid, Archivo General de Palacio [Inv 10167367]


A los setenta y dos años es Isabel II una anciana solitaria de pelo muy blanco, ojos dulces, aunque no tan expresivos como en otro tiempo, con el luto riguroso de una mujer que hace ya del negro su color habitual, encorvada, de paso lento y apoyada siempre en su bastón. Así es como la conocemos a través de las imágenes del fotógrafo parisino Marius Neyroud, difundidas también a través del grabado con motivo de la muerte de la reina dos años más tarde de la toma.

En abril de 1904, convertida en una sombra elegante de sí misma, murió calladamente. Su nieto, Alfonso XIII, ocupado en defender la imagen de la Monarquía en un largo viaje por Cataluña, no acudió a París a recoger su cadáver. Lo esperó en Madrid y allí, contra todo pronóstico, una multitud curiosa y conmovida le tributó su último adiós a la reina de los tristes destinos.

  1. Madrid, Archivo Histórico Nacional (AHN). Diversos. Títulos y Familias. Leg. 3491. Docs. 31 a 40. La tarjeta a que me refiero es el último documento gráfico de la carpeta.
  2. Pérez Galdós, B., La de los tristes destinos. Episodios Nacionales, en Obras completas, Madrid, Aguilar, 1961, III, p. 641
  3. Garrido, F., Historia del último Borbón de España, París, 1868, p. 8.
  4. Pérez Galdós, B., «La reina Isabel II», en Memoranda, tomo VI de Obras completas, Madrid, Aguilar, 1961, pp. 1.414-1.420. Todas las citas siguientes proceden de este texto fechado en abril de 1904 y escrito con ocasión de la muerte de la reina.
  5. Cambronera, C., Isabel II, íntima, Barcelona, Montaner y Simón, 1908, p. 15
  6. Madrid, Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (AMAE). MD. Espagne. Vol. 312, pp. 44-45.
  7. Garrido, E, op. cit., p. 26.
  8. Gribble, F., The Tragedy of Isabella II, Londres, Chapman and Hall, 1913, p. VII.
  9. Pérez Galdós, B., «Isabel II», en Memoranda, op. cit., p. 1.419.
  10. Gribble, F., op. cit., pp. V-VI.
  11. María Cristina de Borbón al marqués de Miraflores. Citado por Morayta, M., Historia general de España, Madrid, Felipe González editor, 1893, p. 1.121.
  12. Telegrama de Turgot a Waleski, 29 de julio de 1857. Citado por Luz, P. de, Isabel II, reina de España, Barcelona, Juventud, 1937, p. 202.
  13. Public Record Office. Foreign Office, 72/844, n.°48. Otway aClarendon, 16 de julio de 1854.
  14. Garrido, F., op. cit., p. 10.
  15. Memorando de Rubio. AHN, 3460/304, doc. 3.
  16. París, 18 de enero de 1868. Madrid, Archivo de la Real Academia de la Historia, Colección Narváez-II, vol. 20, docs. 10-11.
  17. AMAE. CP. Espagne. Origins à 1870, vol. 833, pp. 120-123.
  18. Llorca, C., Isabel IIy su tiempo, Madrid, Istmo, 1956, p. 9.
  19. Bécquer, V., y G. A. Bécquer, Los Borbones en pelota, Ediciones El Museo Universal, 1991, p. 318.
  20. Garrido, F., op. cit., p. 34.
  21. Le National, julio de 1830. Cit. Rosanvallón, P., La Monarchie Imposible, París, Fayard, 1994, p. 157.
  22. Almanaque Don Diego de Noche para 1869, en Bécquer, V., y G. A. Bécquer, op. cit., p. 218.
  23. Archives de la Préfecture de Pólice de París, Ba/316, Madrid, 4 de diciembre de 1876.