Retrato de Miguel de Muzquiz y Goyeneche

Retrato de Miguel de Muzquiz y Goyeneche
Hacia 1783-1785
Oleo sobre lienzo
200 x 114 cm
Colección Banco de España, Madrid

Miguel de Muzquiz nació en enero de 1719 en el pueblo navarro de Elvetea, junto a Elizondo, en el valle de Baztán. Hijo de padres hidalgos, se dice que no tenía ínfulas de clase y despreciaba a los que buscaban ascensos por medio de influencias familiares o regionales. Su primer biógrafo, el conde de Cabarrús (1786), hasta le consideraba prototípico de la era de la meritocracia ilustrada, modelo de los que habían llegado al poder por sus propios méritos y sin la ayuda de influencias. Pero, en realidad, su tío materno había sido consejero del Rey y secretario del Consejo de la Cruzada en 1743, cuando Muzquiz comenzó su carrera de covachuelista como quinto oficial en el Ministerio de Hacienda, y se le estaban haciendo las pruebas para vestirse de caballero de la Orden de Santiago. Algo le valdrían el apoyo de sus parientes y las ambiciones de su familia por entonces.

Era de índole reservada, casi con vocación de estudioso. Hizo todos los esfuerzos posibles por aumentar sus conocimientos, leyendo libros, pidiéndolos prestados y comprándolos aun cuando los medios le escaseaban. Tenía excelentes facultades memorísticas y, según sus contemporáneos, podía recitar, incluso al final de su vida, grandes trozos de los autores latinos de la Edad de Augusto, como Cicerón y Virgilio. Si bien cultivó su entendimiento, ejercitó asimismo su sagacidad. Empleaba su saber, por otra parte, para acrecentar la prosperidad del país y el bienestar de todas las clases sociales. Postergaba sus propios intereses a estos fines, y dejó tan poco dinero, al morir en 1785, que el rey, conmovido, intervino para ayudar a su viuda y sus hijos. Le distinguieron los primeros personajes de la Corte; todos le respetaban.

En las covachuelas dio muestras muy pronto de su agudeza, buen juicio y honradez. Pero el apoyo de los ministros que le admiraban no resultó siempre ventajoso para él. Sus bienes fueron embargados, por ejemplo, cuando la caída de Ensenada, aunque Carlos III se dio cuenta en seguida de su perspicacia e industria, nombrándolo ministro en el momento de la crisis después del motín de Esquilache. Se le encargó en adelante el Ministerio de Hacienda y siguió en ese puesto diecinueve años. Continuó la política de Ensenada, rebajando los impuestos para estimular el comercio, y fomentando la agricultura. Desempeñó un papel importante en el desarrollo de los canales, la construcción de las nuevas poblaciones de la Sierra Morena, la fundación del Banco de San Carlos y la de la Compañía de Filipinas. A él se debe también la introducción de las Rentas Vitalicias -una combinación de depósito y póliza de seguros sobre la vida- y la organización de los Reales Empréstitos, para subsanar los déficits en los momentos de apuro. El mismo Muzquiz impuso la cantidad de 120.000 reales sobre la vida de su primogénito, Ignacio, en la época de la guerra con Inglaterra en 1782.

Su contribución al gobierno del estado salta a la vista en el Calendario Manual y Guía de Forasteros de 1785. Aparece en el Consejo de Estado, como Gobernador del de Hacienda; en la Real Junta General de Comercio, Moneda, Minas y Dependencias Extranjeras, como Presidente. Regía asimismo la Real Junta de Tabaco y tres de las Juntas de Montepío. Era además Decano interino del Consejo Supremo de Guerra.

No sorprende que el mismo Muzquiz o alguno de sus admiradores en la Corte haya encargado su retrato, cuando estaba en el apogeo de su poder entre 1783 y 1785, entre los sesenta y cuatro y sesenta y seis años de su edad. El retrato refleja su rango ministerial e incluye las insignias de las órdenes que le correspondían: las de Santiago (1743) y Carlos III (1783). Se destaca su alta jerarquía, siguiendo la tradición de los retratos del siglo XVII, colocándole al lado de una mesa y contra un fondo de cortinaje. Se le representa también con otro símbolo de la categoría -el sombrero- debajo del brazo, tal como lo pinta Goya en otros retratos de la misma época, como Larrumbe (1787), Cabarrús (1788) y Ramón de Pignatelli (h. 1790). Lleva una carta o memorial en la mano y éste es uno de los recuerdos más evidentes de los retratos de Velázquez. La postura de las piernas -la derecha vista de frente y la izquierda de lado- es parecida a la que se encuentra en varios retratos velazqueños, los de Don Juan de Austria, Felipe IV en traje marrón y plata, y el Infante Don Carlos, por ejemplo. Con tales detalles se acentúa el sentido de tiempo, y la sensación de vida y movimiento. Se subraya asimismo la calidad temporal de Muzquiz haciéndole inclinar la cabeza ligeramente y volverla hacia el espectador. La cara es sobre todo muy expresiva, con su mirada penetrante y solícita. Algún rasgo de abnegación se le ve en el rostro además, lo mismo que señales de laboriosidad en lo cargado de los hombros.

A pesar de las menciones de un retrato de Muzquiz por Goya en los catálogos razonados del conde de la Viñaza (1887) y Araujo Sánchez (1896), parece que estos autores tan sólo intuían la existencia de tal cuadro, o la deducían del dibujo del busto del conde por Goya, que le sirvió a Selma cuando grababa su imagen para acompañar al texto del Elogio necrológico de Cabarrús. El cuadro que ahora se expone fue fotografiado a fines del siglo pasado, sin embargo, y se dio a conocer por primera vez en la revista Hispania (1900, 31: 180). Se decía que pertenecía entonces al conocido pintor y profesor de estética Pablo Milá y Fontanals. Mas Milá murió en 1883 y el retrato del Conde de Gausa fue a parar después a la colección del marqués de Casa Torres. Allí estaba, por cierto, cuando Moreno sacó la fotografía. De los descendientes del marqués pasó al Banco de España en 1993.

La fotografía de Moreno, mal reproducida y alguna reproducción moderna no han favorecido al cuadro y se ha dudado de su autenticidad. Pero la discreta restauración llevada a cabo por el actual propietario permite valorarlo de nuevo. Se pueden apreciar ahora, la bien captada impresión del espacio, el relativo equilibrio de la composición, la expresividad de la cara, y las audaces pinceladas que destacan el brillo y la sombra en los pliegues de la casaca.

Estos rasgos son típicos de la veta velazqueña en Goya, con efectos maravillosamente logrados en retratos como los de Ventura Rodríguez (1784), Jovellanos (1784- 85) Y los miembros de la familia del conde de Altamira (1786-88). El retrato de cuerpo entero de Muzquiz tiene cualidades que no se encuentran en el busto que estuvo en la colección Lázaro (que más bien parece copia de aquél), y aunque no se haya descubierto hasta ahora ninguna documentación que pruebe su autenticidad, no desdice de la autoría de Goya. El encargo del retrato a Goya, sea por parte del mismo Muzquiz o sea por parte de otro, es muy verosímil. El pintor conocía bien al retratado, ya que Muzquiz había firmado bastantes órdenes de pago en relación con su trabajo para la Fábrica de Tapices. Pero también es posible que se trate de una imagen póstuma de Muzquiz, y no extrañaría que fuese el retrato que Goya tenía que pintar para el conde de Lerena, según la carta a Francisco de Zapater escrita unos cuatro meses después de la muerte del ministro a principios de 1785. Lerena sucedió a Muzquiz en el Ministerio de Hacienda.

Nigel Glendinning.