Santa Isabel curando a una enferma

Santa Isabel curando a una enferma

Santa Isabel curando a una enferma
Hacia 1800
Oleo sobre lienzo
33 x 32 cm
Madrid, Museo Lázaro Galdiano

Como el anterior, se trata de un boceto para un cuadro realizado por Goya para la iglesia de San Fernando de Torrero en Zaragoza.

Santa Isabel fue una santa zaragozana, que nació en el palacio de la Aljafería de esta ciudad en 1271. Hija de Pedro III el Grande y de Constanza de Sicilia y nieta de Jaime I el Conquistador, se casó a los diez años de edad con el rey de Portugal Don Dionís, con el que tuvo varios hijos, entre ellos el heredero Alfonso. Su vida estuvo inspirada en la caridad y el sacrificio. Fundó el Monasterio de Santa Clara en Coimbra, cuyo hábito tomó cuando enviudó y donde fue enterrada tras su muerte en 1336.

Toda su vida se preocupó por los más necesitados por lo que entre otras acciones creó el Hospital de Inocentes de Santarem. Es también conocida su labor apaciguadora como mediadora en los numerosos conflictos entre Aragón y Castilla, y en el mismo Portugal, entre su marido y su hijo Alfonso. Uno de sus episodios más gloriosos es el del milagro de la conversión en rosas del pan que daba ocultamente a los pobres cuando fue sorprendida al haber sido denunciada por un paje. Su santidad fue recompensada siendo canonizada por el Papa Urbano VIII en 1625, venerándose con mucha devoción en Zaragoza.

Iconográficamente la escena representa casi literalmente el siguiente fragmento de la biografía de la santa, publicada por fray Juan Carrillo el mismo año de su canonización: «Lavando los pies a una muger muy enferma, un Jueves Santo, aviéndole lavado ella un pie, rehusaba la enferma mostrar el otro pie, por tenerlo llagado de cáncer, tan enconado, que ya se le caían los dedos y tan llagado, que no se podía sufrir el olor tan malo que le salía. Y por esso la buena muger tenía empacho que la Reyna viesse ni tocasse cosa tan asquerosa. La Santa Reyna con humildad profunda le limpió la llaga, y enxugó y puso unos paños y haziéndole la señal de la Cruz sobre la llega, y besándola se despidió con su limosna, con que quedó la muger interiormente consolada y confortada en el Señor. Y quitándosele del todo el dolor, que en aquella llaga padecía, se bolbió a su casa, glorificando a Dios y dándole mil gracias. Y como estando en ella, se volviose a mirar el pie, y descubrir la llaga, le halló del todo sano y libre del mal que padecía, incurable al parecer de Médicos”.

Recoge Goya en la composición la tradición en la disposición de la escena de milagros y curaciones de enfermos en parihuelas. Así los personajes se agrupan en torno al enfermo, dentro de un esquema piramidal clasicista. Santa Isabel con los atributos reales, corona y manto, se inclina compensando la posición de la enferma conformando el primer plano, perfectamente iluminado, como en el boceto anterior, por la luz natural lateral que emana del ventanal. El grupo de personajes, ayudantes de la santa, crean un segundo plano en penumbra que resalta y compensa al principal. A este convencionalismo compositivo, Goya contrapone un despliegue cromático sorprendente, en el que la luz impone su protagonismo, amarillos y rojos matizados por el blanco de la escena principal resaltan sobre la increíble gama de ocres y tostados del segundo término, mezclándose estos dos espacios cromáticos en el fondo, luz a la izquierda y penumbra a la derecha creando atmósfera y volumen en la escena. Este boceto resuelto con una rápida ejecución, es otro ejemplo de la genialidad de Goya que consigue con estas veloces líneas y manchas, a la vez, precisión compositiva y fuerza expresiva.

La enferma aparece con los pechos descubiertos -posiblemente tuviera ya en mente la maja desnuda que realizaría en 1801-, lo que le crearía a Goya un nuevo problema con la iglesia de Zaragoza, que solventaría personalmente, como prueba el escrito mandado por el nuevo director del Canal, Javier La Ripa, a Pedro Cevallos, Secretario de Estado: «El cuadro de Santa Isabel, que forma uno de los tres altares que tiene la iglesia, había chocado mucho y se hablaba demasiado en esta ciudad porque al parecer se había lucido el pincel de don Francisco Bayeu, con menoscabo de la decencia; por cuyo motivo me dixo el Vicario General del Rvdo. Obispo de Huesca que antes de bendecirla era forzoso cubrir los pechos de la enferma que curaba la santa y noticioso de que por la primavera próxima vendría a esta ciudad el referido Bayeu, me pareció esperarlo, y que lo executase por sí mismo, como lo hizo». De mala manera lo pudo hacer Francisco Bayeu, como indica este texto, ya que el artista llevaba seis años muerto. Esta confusión puede deberse a la gran importancia y fama que Bayeu obtuvo en su época, y que mantenía después de su muerte. Fue Goya el que realizó la pintura y el que tapó los pechos de la pobre enferma.

Relacionado con este boceto se conserva un dibujo, dado a conocer por Pardo Canalís en la colección Berckemeyer y Pazos, cuya composición es muy similar. Posteriormente Goya realizó una grisalla con el mismo tema, que decoraba con otras obras religiosas la habitación en el Palacio Real de la segunda esposa de Fernando VII, Isabel de Braganza.

La decoración pictórica realizada por Goya para esta iglesia de Torrero duró muy poco, ya que con la invasión francesa desaparecieron los tres cuadros, como consta en un informe redactado por Tiburcio de Caso, con fecha 30 de diciembre de 1813, donde se enumeran los numerosos destrozos ocasionados en el templo, que sirvió de cocina y cuartel. También figura esta desaparición en una relación fechada en Zaragoza, el 26 de agosto de 1814, que se conserva en el Archivo del Canal Imperial de Aragón. Al no aparecer estas obras en la relación de los “Quadros que se han llevado los Franceses de las Yglesias de la Ciudad de Zaragoza”, que fue hecha por la Real Academia de San Luis al finalizar la ocupación francesa, y no tener noticias de su presencia en ninguna colección del país vecino se consideran definitivamente perdidas.

Tras la Restauración borbónica, estos cuadros fueron sustituidos por otros de Fray Manuel Bayeu, San Hugo rechazando la tiara y Santa Rosa. Estos lienzos fueron reaprovechados, ya que Fray Manuel falleció en 1809 y no corresponden temáticamente con la advocación del templo.

Estos bocetos que estaban en poder de Martín Zapater pasaron a su sobrino Francisco, en cuya colección los señala Viñaza. En los catálogos de las exposiciones de 1900 y 1928 figuran como propiedad de Clemente Velasco. Posteriormente los adquirió José Lázaro Galdiano y desde entonces forman parte de la colección del museo homónimo. El boceto del cuadro central, Aparición de San Isidoro al rey San Fernando, siguió otra ruta de adquisiciones para finalizar en el Museo Nacional de Buenos Aires donde se exhibe actualmente.

Ricardo Ramón Jarne.