XIII. El palacio isabelino: la atracción del refugio

Por Begoña Torres González. Museo Romántico, Madrid.

El Madrid isabelino

Durante el período isabelino, Madrid seguía ofreciendo una fisonomía no tan lejana a la de finales del siglo XVIII1: poblada por todo un mundo de mendigos y subproletariado urbano2, careciendo de suficientes espacios verdes, con empedrado3 precario, oscuridad y demasiada inmundicia.

El caserío tenía un trazado concéntrico, agrupado en manzanas pequeñas e irregulares, con calles estrechas y tortuosas que se disponían en torno a diferentes plazas. Las incomodidades de las viviendas (falta de agua, calefacción, iluminación, etc.) hacían que el pueblo madrileño viviera prácticamente en la calle, donde, incluso, se llegaba a cocinar. En los barrios artesanales abundaban las casas de corredor o de tócame roque, que eran casas vecinales que se disponían en torno a un patio con galería, donde vivían multitud de familias.

Muchos son los testimonios de los viajeros extranjeros que nos dan cuenta de esas viviendas o cuartos pequeños y oscuros. La iluminación, debido a la carestía de la cera, se conseguía con velas de sebo y aceite en candiles. La calefacción no era más que un brasero de carbón o leña. No existía excusado, recurriéndose a las clásicas bacinillas u orinales que, después de pasar la noche en compañía de los inquilinos, se vertían por un canalón. No había agua corriente en las casas, se suministraba a través de un pozo común o bien la subían los aguadores que contaban con la licencia para proveerse de ella en las fuentes públicas. Diferentes bandos prohibiendo lavarse en estas fuentes, así como fregar, abrevar las caballerías o bañar a los animales, nos dan idea de cómo el aseo entre la gente común, si se daba, tenía un carácter público y no privado.

Sin embargo, no todas las clases sociales del período isabelino vivían en estas condiciones: la burguesía media introdujo cambios sustanciales en los edificios, tanto en su función como en su estructura, dando paso a la vivienda plurifamiliar que, hasta el momento, había sido propia del proletariado.

Por lo que se refiere a la arquitectura privada y unifamiliar, desde la segunda mitad del siglo XVIII4 se abandonó, para las nuevas construcciones, el tejido urbano que limitaba la posibilidad de introducir cambios en la tipología edilicia; en vez de esto, se buscaron zonas despejadas en la periferia de la ciudad para llevar a cabo palacios.cortesanos.

Siguiendo esta tradición, en el período isabelino, la aristocracia del dinero se afirmó con la construcción de nuevos palacios y palacetes que gozaban de un aislamiento, jardines y amplitud de entorno que contrastaba con los antiguos caserones en los que seguía afincada la vieja nobleza madrileña. El Madrid moderno del ensanche —aprobado por el gobierno en 1860— contaba con una urbanización que difería notablemente de la del interior del antiguo perímetro de las murallas: calles y construcciones más amplias, así como plazas, parques y paseos para el disfrute público.

El palacio isabelino: un interior «parlante»

Por supuesto, en ese período de tiempo, que comprende aproximadamente desde los años 1830 a 1868, ocurren muchos acontecimientos en España: algaradas políticas, nuevas ideas, avances tecnológicos, epidemias, novedades literarias, artísticas, etc. También asistimos a una pluralidad de formas de vida, sentimientos, ideologías, costumbres, etc., que varían teniendo en cuenta tres factores fundamentales: económico, social y geográfico. La vida cotidiana no puede transcurrir igual para una familia pobre de Andalucía, una noble de Madrid o una burguesa catalana, por enumerar tres ejemplos clásicos.

En este sentido, y tras haber investigado minuciosamente las abundantes pruebas literarias y gráficas de la época, hemos optado por concentrar inevitablemente nuestro estudio en los tipos de interiores y decoración con los que las clases altas madrileñas decidieron rodearse5. Siendo éstos, en realidad, una suma de elecciones impuestas por los ambientes, por la disposición deseada para cada una de las estancias, en relación con los espacios, con sus secuencias, con las variaciones de la luz, con los lazos que se llegan a crear entre los objetos y la intrincada trama de interrelaciones que se establecen entre éstos, los habitantes de la casa y los acontecimientos históricos, artísticos, sociales, culturales y económicos de la época.

Es evidente que los interiores pueden ser considerados como elementos parlantes, donde las habitaciones tienen un rol explícitamente representativo. De esta manera, los objetos son investidos de valores afectivos y de sentimientos; forman parte integrante de las relaciones de las personas que habitan el espacio y crean con ellas una correspondencia psicológica, un microcosmos rígidamente estructurado.

Por ello, a través del palacio y de su disposición interna, podemos llegar a conocer cómo se desarrollaba la vida cotidiana de un determinado estatus social: sus ideas, preferencias, gustos, tendencias artísticas y decorativas, creencias, jerarquías sociales y sexuales, educación, ocio, nivel de tecnología, etc.

A lo largo del siglo la casa fue adquiriendo un mayor protagonismo, así como los conceptos de vida privada, ámbito familiar, confort, hábitat…; también será el lugar donde se definirán los roles de sus diferentes miembros (la familia) con sus respectivas disposiciones espaciales, donde se ubicará a la mujer según la imagen social que se le exige, donde se irá definiendo progresivamente la existencia de los niños, donde se «esconderá» y reducirá a la servidumbre, donde se entrelazarán los sentimientos, ideas, ritos, intrigas, etc.

Disposición espacial

Siguiendo la evolución iniciada en la segunda mitad del siglo XVIII, la arquitectura privada y palacial del momento, interesada en las nuevas exigencias de la comodidad, comenzaba a señalar la especialización de los lugares y habitaciones, así como la definición de sus funciones.

El interior doméstico se fue haciendo cada vez más atractivo. Reflejaba una sensibilidad que, como ha dicho Praz6, conciliaba el mundo práctico burgués con la fantasía y el sentido común con el refinamiento. Se fue convirtiendo en un lugar privado, con un sentido cada vez mayor de la intimidad, de identificación con la vida de familia.

También hubo cambios en la distribución interna que indicaban una mayor conciencia de la intimidad. La familia ya no comía, como anteriormente, en cualquier parte de la casa, sino en un comedor adecuadamente amueblado. Ya no recibían a los visitantes en sus dormitorios, sino en un salón; los caballeros tenían sus estudios, las damas sus tocadores. Las habitaciones eran más pequeñas e íntimas que en el pasado, dejando de comunicarse unas con otras y asegurando, de este modo, la autonomía de su espacio.

La casa fue asimismo un lugar para el tiempo de ocio. Era la época de la conversación, de los cotilleos, de todo un ritual en las visitas. Las novelas y, con ellas, la lectura, adquirieron popularidad, así como los juegos domésticos: los hombres jugaban al billar, las mujeres bordaban y todos juntos jugaban a las cartas. Se organizaban bailes, cenas y funciones teatrales de aficionados. La vivienda era un lugar social, pero también privado: era un mundo aislado en el que sólo se permitía entrar a los elegidos; la etiqueta doméstica exigía un rígido ritual (tarjetas de visita, intercambios de notas, etc.).

Igualmente la presencia de los hijos produjo un cambio en la intimidad. Los padres podían seguir compartiendo su habitación con los niños muy pequeños, pero los mayores dormían ya en habitaciones separadas.

El nuevo sentido de intimidad familiar exigía una distancia con los sirvientes. Estos, a diferencia de lo que ocurría en épocas anteriores, ya no dormían en la misma habitación o en la habitación de al lado. Ahora se les mantenía alejados en zonas separadas.

Sin embargo, estos interiores tenían algo que impedía una auténtica sensación de intimidad porque para muchos burgueses la casa fue, sobre todo, un escenario de teatro social. Por ello, el espacio público y social tendía a separarse de lo que correspondía a la esfera de lo privado, a la intimidad.

Siguiendo a Jean-François Blondel en su Architecture française publicada en 1752, la forma correcta de planear una casa era dividir las habitaciones en tres categorías: habitaciones de respeto, habitaciones formales de recepción o de sociedad y habitaciones de o para la comodidad, destinadas al uso privado del dueño o dueña de la casa.

El espacio noble, público y de respeto, estaba gobernado por una estricta etiqueta. En este territorio no solía haber pasillos; en vez de ello, cada habitación daba directamente a la siguiente —en hilera o «enfilade»—, gozando de una visión continuada desde un extremo de la casa hasta el otro. Era evidente la prioridad que se daba a las apariencias: todos deberían pasar por cada habitación para llegar a la siguiente.

Por el contrario, la zona íntima y privada, a la que sólo podían acceder las visitas de confianza, se organizaba de forma independiente, a base de corredores que se multiplicaban, asegurando, de esta manera, la autonomía de las habitaciones.

Tomando como punto de referencia dos ejemplos de palacios bien documentados, podemos constatar que esta distribución en territorios se llevaba a cabo por plantas, de forma que las actividades estaban separadas verticalmente. Tanto en el palacio del marqués de Salamanca7 como en el palacio de Anglada8, la zona del sótano estaba destinada a dependencias del servicio «cocina, despensa, bodega, comedores para criados, lavaderos, leñera, etc.»; la planta baja, a la que se accedía generalmente por un espacioso zaguán, con una gran puerta de entrada para carruajes, solía contener «antedespacho, despacho, biblioteca, sala de descanso, gabinete, billar, sala de confianza, comedor».

En la planta principal se encontraban los «dormitorios de los señores y dependencias anejas (tocador, guardarropa, cuarto de baño); dormitorios de invitados con sus respectivos gabinetes; salón de baile y estufa o galería de flores»; y en la zona del desván o ático los «dormitorios para la servidumbre, cuartos de plancha y costura y tribuna para la orquesta del salón de baile». Todos estos espacios se articulaban a través de dos escaleras, «la principal que conectaba la planta baja con los dormitorios de los señores, y la de servicio en el otro extremo del patio, que ponía en relación todas las dependencias del sótano al ático»9.

Modos de habitar

Mucho ha cambiado la forma de habitar durante el siglo XIX si la comparamos con períodos precedentes: muebles mejor adaptados a las necesidades humanas, nuevas formas de utilizar las habitaciones y la intimidad o el «confort» que éstas permiten. No es hasta el siglo XVIII que se documenta, por primera vez, la utilización de la palabra «confort» para indicar un nivel de agrado doméstico. Es evidente que la introducción de cambios y nuevas palabras en el idioma señalan también la aparición simultánea de ideas; son reflejo de cómo se piensa.

La casa se dividía en territorios. Los higienistas se ocuparon de definir las exigencias cuyo respeto aseguraba la salubridad y la moralidad del lugar. De esta manera se separaban las habitaciones dependiendo, no solamente de su función, sino también de la persona que las habitaba. El espacio aparecía configurado por el género (masculino-femenino), organizado y dispuesto según un rígido y esquemático tratamiento psicológico: las actividades propias de cada sexo se reflejaban en habitaciones diferentes.

El mueble tenía también una función simbólica: según se colocara en diferentes tipos de habitaciones indicaba diferentes grados de ceremonia y diferentes modos de comportamiento. La idea de que algunos muebles fueran masculinos y otros femeninos subrayaba una realidad social que era evidente también en el vestido y en las costumbres.

Pero en el corazón de la habitación burguesa, que autorizaba una sabia puesta en escena de la mujer, también convivían —además del hombre y la mujer— los niños y la servidumbre. La vivienda contenía habitaciones comunes destinadas, igualmente, a diversas funciones: recibir, pasar el tiempo de ocio, comer, etc.

El teatro social. La casa como cofre

Para el nuevo burgués la casa fue un cofre donde guardar sus objetos de lujo, al abrigo del cual se podía también resguardar de la pobreza exterior y de sus amenazas. Este símil de la casa como cofre, fue mucho más claro por lo que respecta al papel del sexo femenino: esposas e hijas languideciendo encerradas en una jaula de oro. La mujer se convirtió en la insignia del hombre, consumidora habitual de los bienes que el marido producía, se encontró investida de la misión de significar la posición o la riqueza del padre o el esposo. El lujo ostentoso en el vestido fue signo de su posibilidad de despilfarro, que la colocaba por encima de toda sospecha de trabajo.

En la zona noble del palacio —ámbito público— era donde la mujer y los objetos lujosos se exhibían sin pudor. Esta área se iniciaba desde la misma entrada de la casa, en el amplio zaguán y el hall o vestíbulo, que cumplía la función de lugar de llegada y salida de invitados y del que partía la escalera noble hacia los pisos superiores.

Una vez conducidos por la escalera principal a la planta noble propiamente dicha, el visitante solía encontrarse con una sala de recibimiento o antecámara10, que era «el espejo de la casa», ya que debía informar al visitante sobre la situación social y económica de sus poseedores.

De la antecámara se pasaba a la zona más importante y de respeto, constituida por un gran salón de baile, con dos antesalones a cada lado. En este ámbito se encontraba el mobiliario y la decoración más rica de toda la casa11: importantes arañas de cristal, cortinas con pasamanerías y damascos, porcelanas doradas, chimeneas de mármol, grandes espejos que multiplicaban las imágenes en multitud de fragmentos y ofrecían una mayor amplitud y apertura al espacio, etc.

Así lo apreciamos en la jugosa descripción de Antonio Flores, que nos habla de un salón aristocrático:

Se encuentra en todas las casas un gran salón, con dos gabinetes colaterales, que ocupan los dos tercios y algo más de la superficie del edificio, que monopolizan toda la luz y todo el aire y que tienen a su disposición todos los balcones de la fachada principal. Estas habitaciones, que son las que dan tono y las que determinan la categoría del cuarto y el valor del inquilino que le ocupa, no faltan en ninguna de las casas de la corte. Verdad es que en ellas no se alojan ni el jefe de la familia, ni la mujer, ni los hijos, pero se guardan los muebles de más lujo y las alhajas de más precio que hay en el cuarto12.

El moblaje característico de esta área constaba de una sillería compuesta por un tresillo —sofá y dos butacas— y un juego de sillas, generalmente seis o doce; junto al muro y frente al sofá, entre los balcones, se situaba una consola con su espejo y guarnición; en el centro podía encontrase una mesa redonda o elíptica13. Las mesas y las sillas se fueron colocando progresivamente en el centro de la habitación y no, como en el pasado, contra la pared. Poco a poco se fueron introduciendo pequeñas mesas, veladores, o mesitas de café y de té, frente a los sofás, creando rincones más íntimos.

Los salones colaterales, que hacían las veces de antesalas del salón de baile, solían tener un mobiliario compuesto por diferentes sillas y sillones de diversos estilos entremezclados. Los pequeños objetos y bibelots se encontraban acumulados y suponían la «memoria» de la familia: viejas fotografías, porcelanas, fanales, cajas de música etc.14. José María de Pereda, entre otros, lo confirma en su novela Pedro Sánchez:

Volvió luego para conducirme a la sala, en la cual me dejó encerrado y a media luz. La estancia aquella era amplísima; tenía rica alfombra en el suelo, lujosos cortinones en las puertas, grandes espejos en las paredes,- brillaban el oro y la seda en los sillones, y estaban mesas y veladores cubiertos de cachivaches y muñecos tan varios como artísticos15.

En estos interiores siempre había unas zonas, más apartadas —ámbito semipúblico— que se iban diferenciando según el grado de intimidad que tuviera el visitante con la familia. Algunos de estos espacios se describirán más adelante por ser fundamentalmente territorio masculino. Sin embargo otros, aunque inicialmente habían sido de uso exclusivamente masculino, se fueron progresivamente femeneizando y convirtiendo en un lugar de reunión familiar.

Entre ellos destacaremos el comedor como nuevo elemento específico, pieza central de reunión y en cuya ambientación se agudizó la tendencia a conseguir un apacible lugar para la comodidad íntima.

Aunque a finales del siglo XVIII eran muy pocos los palacios que contaban con esta pieza, en el período isabelino la aristocracia del dinero solía incluir en sus casas dos, siendo imprescindible uno de respeto. Este último era una pieza regia, con gran mesa central y chimenea de mármol coronada por un espejo.

El comedor común se utilizaba sobre todo para la cena, ya que las demás comidas se podían hacer en salitas más pequeñas —llamadas habitaciones de desayuno— al igual que la sobremesa, que se solía llevar a cabo en una sala aparte o en el gabinete:

Y pasados revista a los postres […] nos levantamos de la mesa. Ruperta volvió a coger mi brazo, y yo volví a dejarme llevar, haciendo que la llevaba, hasta un magnífico gabinete, en el que estaba preparado el café, y butacas para reposario, y divanes para arrullar el sueño, y chimeneas para templar los calofríos de la comida16.

El comedor era el lugar doméstico gobernado por la etiqueta y también era el «templo de la familia». Los modales en la mesa debían ser aprendidos desde niños. Las ceremonias de la comida, los hábitos y ritos, ordenaban, jerarquizaban y producían «patrones de reconocimiento individual y social»17. Nada era producto del azar: el atuendo y posición de los comensales, la colocación del mantel y la vajilla, el modo de servicio…, todo requería una determinada norma, orden y protocolo doméstico.

A través de diversos testimonios literarios, podemos apreciar cómo, no solamente el mobiliario, sino también el servicio de mesa e incluso los rituales y costumbres que se desarrollaban en la misma, seguían modelos foráneos, especialmente franceses18:

La mesa era grande y, sin embargo, no había en ella un solo sitio vacío donde poder colocar no ya las dos soperas […] ni para poner el plato en que habíamos de comer cada prójimo. Amén de tres magníficos jarrones de bronce, llenos de flores del tiempo y artificiales; dos plateaux, o lo que antiguamente habríamos llamado sarvillas de cuatro pisos, llenos de juguetes, lazos y estampitas dos vasijas de plata por las que asomaba el cuello, bien sucio por cierto, de unas botellas; catorce o dieciséis platos grandes y chicos de bronce, de cristal y de china, con frutas, salchichón, aceitunas y otras cosas, ninguna de gran sustancia, teníamos cada uno siete copas de cristal blanco y una verde, y una botella de agua y dos mondadientes, y el consabido cubierto y una servilleta, y dos platos y un pedacito, muy pedacito, de pan19.

Las piezas de mobiliario no solían formar un conjunto homogéneo aunque, entre ellas, no podían faltar la chimenea, la mesa, la consola o aparador (que podía hacer las veces de chinero o trinchero), las rinconeras, sillas livianas y las mesas servideras. Así lo constata Flores en su citada novela:

Una mesa redonda, cubierta sin profusión, pero con elegancia, estaba colocada en medio de un salón pequeño, sin otro adorno que el papel que cubría las paredes y dos tapices que cenaban el paso del aire en las puertas. La chimenea, en la que ardía una gran cantidad de leña, tenía corrida la cortina de hierro, y su aliento de fuego esparcía una blanda temperatura en la sala. En una de las paredes laterales había un aparador de caoba corrido, en el que se ostentaban dos riquísimas bajillas de porcelana inglesa, sin que en ninguna de ellas, ni en los cubiertos de plata vermeille se viesen las iniciales del anfitrión, sino otras distintas debajo de una corona ducal21.

Además del comedor, existía otra habitación —la biblioteca— que inicialmente había sido también de uso exclusivo masculino y que progresivamente fue femeneizándose. La influencia de la mujer sobre la disposición de la casa fue definitiva, apareciendo, gracias a ella, importantes cambios en el confort de la misma. El uso de la biblioteca como habitación de reunión para toda la familia reflejaba la necesidad de tener en la casa un lugar más relajado y menos formal. El término «cuarto de estar» se hizo común a mediados de siglo.

En estas habitaciones el tipo más común de asiento fue la butaca tapizada con un respaldo curvo y acolchado; los taburetes ya no eran para sentarse, sino para apoyar los pies; las posturas eran más cómodas y relajadas, menos rígidas; había varios nombres de asientos bajos de inspiración árabe y las mujeres se recostaban en la tumbona. Existían básicamente dos tipos de muebles: los muebles llamados «arquitectónicos», expresamente realizados e integrados permanentemente en la decoración de una habitación, frecuentemente apoyados contra la pared, y los muebles móviles, para uso diario, que se podían colocar en agrupaciones informales, en torno a una mesa o en grupos para las conversaciones: eran muebles ligeros, destinados al tocador o para el cuarto de estar más íntimo. En los salones aparece también una silla más ligera que, generalmente, se colocaba junto a las paredes de la sala, siendo desplazada en el momento de su uso hacia el punto de tertulia; por ello recibieron la denominación de «sillas volantes», haciéndose poco a poco más livianas.

La diversidad de tipos de muebles refleja la especialización que se estaba produciendo en la disposición de la casa; las diferentes habitaciones iban adquiriendo funciones diferentes. El mobiliario de la biblioteca también se fue especializando para su función, como nos demuestra el inventario de bienes del palacio antiguo de la Real Posesión de Vista Alegre:

estantes de librería de dos cuerpos. Todo de pino, con puertas, abajo y arriba, de medio punto y cristales planos. Van pintados de blanco fino; todas las molduras a mate y bruñido; el cuerpo alto con pilastras y capiteles tallados y dorados; en los centros de las puertas una cabeza de león dorada y en sus ángulos unos adornitos también dorados. En el interior entrepaños de madera de tíndalo. Toda la pieza o sala está repartida en 15 estantes, con 30 puertas, y seis chicas de las pilastras y una grande fingida22.

Además de estas salas, las casas más adineradas disfrutaban de otras dependencias, como el oratorio. De ámbito religioso y semipúblico, el oratorio fue un espacio utilizado tanto para actos religiosos de carácter íntimo como para la celebración de eventos sociales —bodas, entierros, bautizos, etc.—. Generalmente estaba adornado de manera formalista y de aparato, con retratos solemnes y cuadros de temática religiosa que invitaban al recogimiento, así como diversos muebles y objetos litúrgicos. Recurriendo una vez más al inventario del palacio de Vista Alegre aparecen, entre otros muchos:

Cuatro escaparates de nogal, de ángulo con dos cristales, en la puerta de cada uno de ellos. Doce candeleros grandes con su cruz correspondiente [.-..]. Seis candeleras pequeños […]. Juego de sacras con un atril y misal; todo guarnecido de bronce dorado […]. Tres Vírgenes del Pilar de plata, de diferentes tamaños, con basas y capiteles dorados […]. Lámpara de colgar, de bronce dorado y bronceado. Dos pares de floreros de china: uno de ovalados y otro de redondos. Un par de floreros de cristal. Dos pilas de agua bendita, con bronce dorado y plateado: una mayor que la otra. Una cortina de tafetán morado, con fleco de oro fino y sus borlas compañeras, y tiros de cordones con su varilla y poleas23.

En otras ocasiones, el mundo religioso estaba presente en la alcoba y también cercano al gabinete o despacho, como podemos apreciar en la descripción que Antonio Flores hace del abad de Maqueda («El Duende») en su palacio de la calle del Nuncio, donde el antiguo esplendor ha ido desapareciendo con el paso del tiempo:

Pero esto no impedía que frente a la puerta de entrada se viese otra, con una cortina azul medio corrida, detrás de la cual se ocultaban un altar embutido en la pared y un reclinatorio de nogal, sobre el que se veía un breviario abierto […]. El altar se reducía a una meseta como la de las chimeneas francesas, sobre la que se alzaba un sencillo dosel carmesí, dentro del cual había un crucifijo de marfil y seis velas de cera apagadas en candeleras de plata primorosamente cincelados24.

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