La I.L.E.: textos históricos

Origen y carácter de la Institución Libre de Enseñanza

La Institución Libre de Enseñanza fué fundada en 1876 por varios catedráticos y auxiliares de Universidad o Instituto, separados de sus clases a consecuencia de su protesta contra los decretos de Instrucción pública de 1875, atentatorios de la libertad de la cátedra.

En el proyecto de creación dicen sus fundadores que obedece aquél a la necesidad de sustraer a la esfera de acción del Estado fines de la vida y órdenes de la actividad que piden una organización independiente; que la historia contemporánea muestra la dificultad de armonizar la libertad que reclaman la investigación científica y la función del Profesor con la tutela que ejerce el Estado, el cual tiende, a veces, a desconocer en su origen el valor absoluto de la ciencia y la fuente pura de donde se derivan los bienes que está llamada a producir para el individuo y para la sociedad, y que dar el primer paso en el camino de la independencia en este orden es el fin que al establecer la Institución se proponen.

Creóse, y se mantiene, sin subvención alguna oficial, con el solo concurso de la iniciativa particular, mediante acciones y donativos voluntarios, a más de los ingresos de su matrícula y demás servicios.

Nació y permanece completamente ajena a todo espíritu e interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político, apartada de apasionamientos y discordias, de cuanto no sea, en suma, la elaboración y la práctica de sus ideales pedagógicos.

En armonía con su origen, comenzó por ser un centro de estudios universitarios y de segunda enseñanza; mas la experiencia puso de manifiesto, bien pronto, que una reforma educativa profunda no puede cimentarse sino en la escuela primaria. Inauguróse, pues, en 1878, una escuela inspirada en las ideas y métodos que en aquella época pugnaban en otros países por informar la educación hacia nuevos derroteros, y este ensayo fué el comienzo de una serie de innovaciones con objeto de extender a la segunda enseñanza el mismo espíritu e iguales procedimientos, y de infundir en la superior, andando el tiempo, principios homogéneos con los de ambas.

Así ha nacido el interés con que la Institución, al par que en su obra interna, viene ocupándose en la reforma de la educación nacional, de donde procede el influjo que, en medio de las naturales protestas y explicables prevenciones, han podido ejercer sus principios -generalizados y aun vulgares hoy ya muchos de ellos- sobre la opinión pedagógica del país, y, consiguientemente, a veces, sobre el régimen de nuestra educación pública y privada.

Una de las manifestaciones de la continuidad que la Institución aspira a dar a su influjo educador es la «Corporación de los Antiguos Alumnos» (C. A.), fundada en 1892, y cuyos fines son estrechar entre ellos lazos de compañerismo, mantener viva con amplio sentido la obra de aquella casa, proseguir su educación personal, contribuir a la acción social de nuestro tiempo y despertar el espíritu cooperativo.

Y uno de los medios de salvar los límites en que por fuerza ha de encerrarse la obra que realiza, es su Boletín, órgano oficial de la Institución y Revista consagrada tanto a la difusión de la cultura general, cuanto, muy especialmente, al estudio de las cuestiones pedagógicas.

A su frente figura el artículo quince de los Estatutos, que fija claramente el carácter de esta sociedad educadora: «La Institución Libre de Enseñanza es completamente ajena a todo espíritu e interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político; proclamando tan sólo el principio de la libertad e inviolabilidad de su indagación y exposición respecto de cualquiera otra autoridad que la de la propia conciencia del profesor, único responsable de sus doctrinas.»

(Francisco Giner de los Rios, «En el cincuentenario de la ILE», Madrid, 1926, págs. 17-20.)

Fragmentos del discurso inaugural de la I.L.E. en el curso 1880-1881

SEÑORES: Germinada en el hervidero de las ideas con que sacudió nuestra pereza intelectual el impulso de la libertad de enseñanza; nacida luego en medio de una crisis profunda, y a favor de ella, como todas las obras firmes, de la humanidad y de la vida; gradualmente desenvuelta a compás de la evolución con que ha ido ganando en sus senos la conciencia de su fin; penetrada de severo respeto hacia la religión, el Estado y los restantes órdenes sociales, la Institución Libre, de día en día más próspera y fecunda para bien de todos -aun de sus adversarios-, merced al concurso espontáneo de la sociedad, a quien, después de Dios, todo lo debe, viene hoy a renovar ante ella sus votos, tendiendo con amistosa fraternidad la mano a todas las doctrinas y creencias sinceras, a todos los centros de cultura, a todas las profesiones bienhechoras, a todos los partidos leales, a todos los Gobiernos honrados, a todas las energías de la patria, para la obra común de redimirla y devolverla a su destino.

Obra es esta, señores, que pide clara concepción, labor profunda, ánimo sereno, devoción austera, paciencia inquebrantable. De ese común espíritu imbuidos los diversos órganos de la vida social, aportan a ella todos, cuando permanecen fieles a su vocación, el generoso fruto de sus ministerio. Extiende la religión entonces por doquiera la santidad de la virtud, la paz, la tolerancia, la concordia, el solidario amor entre los hombres, hijos de un mismo Padre, que cada cual invoca en su distinta lengua; despierta la conciencia de la unidad radical de las cosas, y presta a todas, aun las más humildes, un valor trascendental y supremo y una como participación en lo infinito. El arte de lo bello depura el sentimiento, ordena y disciplina la fantasía, remueve las entrañas y la faz de la Naturaleza, nos abre el inagotable venero de goces sanos, íntimos, varoniles y desenvuelve en nosotros un sentido ideal, que sabe hallar mundos y regueros de luz aun allí donde el vulgo tropieza entre tinieblas. La industria y el comercio dilatan de día en día los horizontes de la civilización a expensas de la barbarie, estrechan los vínculos entre las naciones, acercan el pan del cuerpo y el del alma a muchedumbres cada vez más y más numerosas, que así logran los medios de vivir en una vida digna de seres racionales; ennoblecen el trabajo, emancipan a las clases jornaleras de la servidumbre de la fuerza bruta; a las clases ricas, de la servidumbre de la ociosidad y del parasitismo, y obligan a unas y otras -las más atrasadas hoy en nuestro pueblo- a que de buen o mal grado entren a participar de los derechos, de la responsabilidad y de la cultura que con labor tan ímproba dispone para todas la historia. La beneficencia -uno de los nombres de la justicia-llama a su seno al niño abandonado, que un día pedirá de palabra, o de obra, estrecha cuenta a quienes lo desamparan hoy en la vía pública para arrogarse mañana el derecho de tratarlo como a bestia salvaje; al proletario, víctima quizá de su atraso e incuria, o de la incuria y el atraso ajenos, y de la supuesta fatalidad invencible de la leyes del mercado económico; al delincuente, contra el cual enciende y atiza los odios una psicología ignorante, última defensa de las dos instituciones más bárbaras de nuestra organización criminal: la pena de muerte y las prisiones en común, a la española; al anciano, al enfermo, al demente, al vicioso, al inútil; en fin, a esa desventurada mujer, cuyo vil oficio ha elevado la sabiduría administrativa de nuestra edad al rango de un profesión reglamentada, sometida a tributo y garantida con el diploma y sello del Estado.

Y, sin embargo, ese mismo Estado, o, hablando con propiedad, los Gobiernos, órganos directores de la comunidad política, ¡cuán generoso servicio prestan a la patria, si la virtud moral de sus depositarios enfrena sus intereses egoístas! Conságrense entonces, en pro del derecho, a traducir en fórmulas ideales las aspiraciones oscuras, pero sanas y firmes, de la conciencia nacional, mantenida sin usurpación en su fuero legítimo; someten luego a esas fórmulas aun las voluntades más rebeldes; conservan la unión orgánica entre la diversidad de los fines humanos: con que triunfa en suma la justicia, cooperando el destino que a cada pueblo corresponde cada vez en la historia. ¡Cuán humildes, y por bajo de este deber espléndido, quedan ahora todas las soberbias fantasías subjetivas en que se complace el señor de un poder tan limitado en realidad, tan omnímodo y absoluto en la apariencia!

Yo no sé si por ley de su naturaleza, más de seguro sí por la del tiempo, entre esas fuerzas civilizadoras de nuestra sociedad, corresponde el primero y más íntimo influjo a la enseñanza. Debido, empero, a causas muy complejas, dependientes de una imperfecta concepción del ser, vida y desenvolvimiento del hombre, hoy es el día en que apenas principia a ser considerada en la integridad de su destino.

(«En el cincuentenario de la ILE», Madrid, 1926. págs. 21-25.)

Fragmentos de los principios pedagógicos de la Institución

La Institución se propone, ante todo, educar a sus alumnos. Para lograrlo, comienza por asentar, como base primordial, ineludible, el principio de la «reverencia máxima que al niño se debe». Por ello precisamente no es la Institución, ni puede ser de ningún modo, una escuela de propaganda. Ajena a todo particularismo religioso, filosófico y político, abstiénese en absoluto de perturbar la niñez y la adolescencia, anticipando en ellas, la hora de las divisiones humanas. Tiempo queda para que venga este «reino», y hasta para que sea «desolado». Quiere, por el contrario, sembrar en la juventud, con la más absoluta libertad, la más austera reserva en la elaboración de sus normas de vida y el respeto más religioso para cuantas sinceras convicciones consagra la historia.

Pretende despertar el interés de sus alumnos hacia una amplia cultura general, múltiplemente orientada; procura que se asimilen aquel todo de conocimientos (humanidades) que cada época especialmente exige, para cimentar luego en ella, según les sea posible, una educación profesional de acuerdo con sus aptitudes y vocación, escogida más a conciencia de lo que es uso; tiende a prepararlos para ser en su día científicos, literatos, abogados, médicos, ingenieros, industriales…; pero sobre eso, y antes que todo eso, hombres, personas capaces de concebir un ideal, de gobernar con sustantividad su propia vida y de producirla mediante el armonioso consorcio de todas sus facultades.

Para conseguirlo, quisiera la Institución que, en el cultivo del cuerpo y del alma, «nada les fuese ajeno». Si le importa forjar el pensamiento como órgano de la investigación racional y de la ciencia, no le interesan menos la salud y la higiene, el decoro personal de hábitos y maneras; la amplitud, elevación y delicadeza del sentir; la depuración de los gustos estéticos; la humana tolerancia, la ingenua alegría, el valor sereno, la conciencia del deber, la honrada lealtad, la formación, en suma, de caracteres armónicos, dispuestos a vivir como piensan; prontos a apoderarse del ideal en dondequiera; manantiales de poesía en donde toma origen el más noble y más castizo dechado de la raza, del arte y de la literatura españoles. Trabajo intelectual sobrio e intenso; juego corporal al aire libre; larga y frecuente intimidad con la naturaleza y con el arte; absoluta protesta, en cuanto a disciplina moral y vigilancia, contra el sistema corruptor de exámenes, de emulación, de premios y castigos, de espionaje y de toda clase de garantías exteriores; vida de relaciones familiares, de mutuo abandono y confianza entre maestros y alumnos; íntima y constante acción personal de los espíritus, son las aspiraciones ideales y prácticas a que la Institución encomienda su obra.

La Institución estima que la coeducación es un principio esencial del régimen escolar, y que no hay fundamento para prohibir en la escuela la comunidad en que uno y otro sexo viven en la familia y en la sociedad. Sin desconocer los obstáculos que el hábito opone a este sistema, cree, y la experiencia lo viene confirmando, que no hay otro medio de vencerlos sino acometer con prudencia la empresa, dondequiera que existan condiciones racionales de éxito. Juzga la coeducación uno de los resortes fundamentales para la formación del carácter moral, así como de la pureza de costumbres, y el más poderoso para acabar con la actual inferioridad positiva de la mujer, que no empezará a desaparecer hasta que aquélla se eduque, en cuanto a la cultura general, no sólo como, sino con el hombre.

Los principios cuya más alta expresión en la época moderna corresponde a Pestalozzi y a Frobel, y sobre los cuales se va organizando en todas partes la educación de la primera infancia, cree la Institución que deben y pueden extenderse a todos los grados, porque en todos caben intuición, trabajo personal y creador, procedimiento socrático, método heurístico, animadores y gratos estímulos, individualidad de la acción educadora en el orden intelectual como en todos, continua, real, viva, dentro y fuera de clase.

La Institución aspira a que sus alumnos puedan servirse pronto y ampliamente de los libros como fuente capital de cultura; pero no emplea los llamados «de texto», ni las «lecciones de memoria» al uso, por creer que todo ello contribuye a petrificar el espíritu ya mecanizar el trabajo de clase, donde la función del maestro ha de consistir en despertar y mantener vivo el interés del niño, excitando su pensamiento, sugiriendo cuestiones y nuevos puntos de vista, enseñando a razonar con rigor ya resumir con claridad y precisión los resultados. El alumno los redacta y consigna en notas breves, tan luego como su edad se lo consiente, formando así, con su labor personal, única fructuosa, el solo texto posible, si ha de ser verdadero, esto es, original, y suyo propio; microscópico las más veces, pero sincera expresión siempre del saber alcanzado. La clase no sirve, pues, como suele entenderse, para «dar y tomar lecciones», o sea para comprobar lo aprendido fuera de ella, sino para enseñar y aprender a trabajar, fomentando, que no pretendiendo vanamente suprimir, el ineludible esfuerzo personal, si ha de haber obra viva, y cultivándolo reflexivamente, a fin de mejorar el resultado.

Las excursiones escolares, elemento esencial del proceso intuitivo, forman una de las características de la Institución desde su origen. En ellas la cultura, el aumento de saber, el progreso intelectual, entran sólo como un factor, entre otros.

Porque ellas ofrecen con abundancia los medios más propicios, los más seguros resortes para que el alumno pueda educarse en todas las esferas de su vida. Lo que en ellas aprende en conocimiento concreto es poca cosa, si se compara con la amplitud de horizonte espiritual que nace de la varia contemplación de hombres y pueblos; con la elevación y delicadeza del sentir que en el rico espectáculo de la naturaleza y del arte se engendran; con el amor patrio a la tierra ya la raza, que sólo echa raíces en el alma a fuerza de intimidad y de abrazarse a ellos; con la serenidad de espíritu, la libertad de maneras, la riqueza de recursos, el dominio de sí mismo, el vigor físico y moral, que brotan del esfuerzo realizado, del obstáculo vencido, de la contrariedad sufrida, del lance y de la aventura inesperadas; con el mundo, en suma, de formación social que se atesora en el variar de impresiones, en el choque de caracteres, en la estrecha solidaridad de un libre y amigable convivir de maestros y alumnos. Hasta la ausencia es siempre origen de justa estimación y de ternura y amor familiares. Por algo ha sido Ulises en la historia dechado de múltiples humanas relaciones y de vida armoniosa, y la Odisea, una de las fuentes más puras para la educación del hombre en todas las edades.

La Institución considera indispensable a la eficacia de su obra la activa cooperación de las familias. Excepto en casos anormales, en el hogar debe vivir el niño, ya su seno volver todos los días al terminar la escuela. Esta representa para él lo que la esfera profesional y las complejas relaciones sociales para el hombre; y al igual de éste, no hay motivo para que el niño perturbe, y mucho menos suprima, sino excepcionalmente, la insustituible vida familiar, sagrado e inviolable asilo de las intimidades personales. Nada tan nocivo para la educación del niño como el manifiesto o latente desacuerdo entre su familia y su escuela. Nada, por el contrario, tan favorable como el natural y recíproco influjo de una en otra. Aporta la familia, con el medio más íntimo en que el niño se forma y con sus factores ancestrales, un elemento necesario para el cultivo de la individualidad. Y por la familia, principalmente, recibe la escuela la exigencia más espontánea y concreta de las nuevas aspiraciones sociales, obligándola así a mantenerse abierta, flexible, viva, en vez de languidecer petrificada en estrechas orientaciones doctrinales. La escuela, en cambio, ofrece, sobre aquellos materiales, la acción reflexiva, el experimento que pone a prueba, que intenta sacar a luz lo ignorado, y que aspira a despertar la conciencia para la creación de la persona. Ya la familia ha de devolver, para que también ella misma se eduque, la depuración de aquellas aspiraciones, los resultados prácticos de la elaboración sistemática de los principios educativos, que como su especial obra le incumbe.

(«En el cincuentenario de la ILE», Madrid, 1926, págs. 71-77.)

Los ideales de Francisco Giner de los Rios

Los profesores universitarios destituidos y algunos pensadores, científicos y políticos liberales fundaron, en 1866, la Institución Libre de Enseñanza, considerada primero como una Universidad privada. Afirmaba estar «disociada de los principios o intereses de toda comunión religiosa, escuela filosófica o partido político, y defendía la libertad e inviolabilidad de la ciencia, y el derecho de todo maestro al ejercicio ya la transmisión independientes del conocimiento, sin interferencia de ninguna autoridad».

Los generosos fundadores pronto se dieron cuenta de que carecían de recursos materiales y de personal suficiente para comenzar una universidad, por pequeña que fuese, y que sería difícil evitar el fatal obstáculo de tener que instruir a los alumnos para sus exámenes en la universidad estatal.

Por tanto, la Institución se transformó en una escuela preparatoria y secundaria; Giner, su alma y vida, ayudado por algunos seguidores dedicados, hizo de ella un hogar de paz, pensamiento libre, nuevas ideas y respeto mutuo. Estaba destinada a ser una de las mayores fuentes de renovación, pero sólo a través de su ejemplo, sus logros, SUS publicaciones y sus discípulos, porque decidió rechazar el apoyo estatal y abstenerse de tomar partido en la lucha política, aunque los maestros, familias y niños, cada uno individualmente, tenía libertad para asociarse y ayudar a su religión, partido o doctrinas profesadas.

Giner nunca consintió en figurar como director de la escuela y hubo que buscar a otro al que se le pudiese conferir ese honor; pero don Francisco, como era llamado siempre por sus discípulos y amigos, era el alma verdadera de la escuela. Tenía cuerpo y cara de árabe, el poder sugestivo y la aguda lógica de un Sócrates moderno, serenidad estoica combinada con una pasión ardiente y romántica, dignidad aristocrática andaluza mezclada con un ágil ingenio y modales simples y democráticos, un temperamento asceta oculto bajo un amor a la vida ya las relaciones sociales, y una viva e insaciable curiosidad por la ciencia, el arte, la naturaleza y la humanidad. Adivinaba rápidamente tanto las debilidades y ambiciones como las potencialidades latentes en cada mente, y sabía cómo manejarlas al servicio de un ideal; quizá esto explique por qué tendía a tratar a los niños como a hombres ya los hombres como a niños. Era un filósofo y sobre todo un educador nato. En el círculo de su tío, Ríos Rosas, el prominente político y orador, llegó a conocer la grandeza y la miseria de la vida pública; pero fue su vileza, su vanidad, su corrupción y futilidad lo que más le impresionó. Aunque se daba cuenta de la importancia de esa vida, no le atribuía tanto peso como la opinión vulgar tiende a hacerlo, y estaba convencido de que para ser un líder político hay que compartir los defectos así como las virtudes generales de las masas…

(JOSE CASTILLEJO, «Guerra de ideas en España», Revista de Occidente. Madrid, 1976, págs. 79-80.)

El programa de la Institución

Los ideales y métodos de la Institución pueden resumirse de la siguiente manera: La educación general incluye la instrucción de todas las funciones y energías del cuerpo y del alma. Una parte de ello es la cultura intelectual que debe tener una extensión universal y enciclopédica. El desarrollo unilateral de ciertas habilidades, sin una base amplia y general de cultura, es una deformación. «El joven intelectual marchito, con poca vitalidad y poca salud, melancólico y aislado, es un anciano prematuro, una especie de ermitaño, fácil presa de la primera tentación sensual.»

La educación elemental y la secundaria no pueden separarse. Forman un proceso continuo que también debe extenderse a las universidades con los mismos métodos. Las clases deben ser una conversación, familiar e informal entre maestros y alumnos, llevados por un espíritu de descubrimiento: métodos intuitivos, realidades en vez de abstracciones, objetos en vez de palabras, diálogo socrático, el aula debe ser un taller, el maestro un director, los alumnos una familia. El programa de estudio incluye, además de las materias tradicionales, antropología, tecnología, ciencias sociales, economía, arte, dibujo, canto y labores. Las excursiones cortas y los viajes largos son importantes. Los juegos son mejores que la gimnasia. La historia del arte, enseñada en excursiones y museos, es uno de los instrumentos poderosos de la educación y debe ir ligada a la historia. Todas las materias se dan simultáneamente y cada año se hacen más detalladas y complicadas. La vocación debe cultivarse por encima de cualquier otro interés o ambición.

El adiestramiento del carácter y la educación moral son tareas esenciales en cualquier escuela. Debe tener como objeto la expansión de la personalidad individual como contrapeso a la idolatría de la igualdad ya la veneración de las masas. La honestidad debe grabarse en los niños en contra de la tradición española que los induce a la prevaricación. El patriotismo no debe ser reemplazado por una simple adulación de las debilidades nacionales. La tolerancia y la equidad deben ser fomentadas para contrarrestar la furia de la exterminación que ciega a todos los partidos, escuelas y profesiones españoles.

La disciplina externa tiene que descartarse a favor de una obligación moral interna. No puede basarse en castigos, sino en la idea de la corrección y la reforma. Buenos maestros, y no empleados inferiores o criados, deben estar a cargo de los niños fuera de las aulas. Los juegos y otras actividades libres son lo que da la mejor oportunidad para observar las inclinaciones de los niños. La obediencia a la ley debe excluir todo predominio de la voluntad independiente o de un poder dictatorial; ambos son una gran tentación en España, tanto para las autoridades como para los súbditos.

Las dos fuerzas principales en la educación son: la personalidad del maestro, y el ambiente y contorno social de la escuela.

Los modales, que son una combinación de libertad, de dignidad y gracia, no son -como afirmaba Spencer- una barrera convencional con la cual las clases altas intentan aislarse de las menos educadas. Son, por el contrario, una forma esencial del intercambio social y del respeto mutuo. También tienen un gran valor educativo porque llevan del autocontrol al hábito. La caída de las aristocracias es consecuencia de haber perdido primero su superioridad intelectual y luego sus modales y buen gusto. La ola demagógica descubre ante las masas el poder público como única cumbre social que aún puede escalarse por la fuerza. Odian los buenos modales, alaban la rudeza y no pueden ser refinados; pero los advenedizos, que no son más que sus criaturas distinguidas, en seguida quieren imitar la prodigalidad y luego la cortesía de las clases altas, hasta que al fin se unen a ellas.

Es importante desde un punto de vista moral y social el entremezclar niños pobres y ricos. La educación tiene que aspirar a una aristocracia de espíritu; pero la escuela tiene que abrir sus puertas a todos. La separación de clases es tan nociva como la separación de religiones.
Los exámenes hacen mucho daño. Tienden a cambiar la perspectiva, a estropear los métodos ya transformar la actitud de los alumnos. Los libros de texto también son perjudiciales y deben sustituirse por cuadernos escritos por los niños para resumir lo que leen y oyen y lo que observan en excursiones y laboratorios.

La emulación, los premios y los honores, apoyados por algunos educacionistas (por ejemplo, los jesuitas) y condenados por otros (Los Port-Royalistas), son desde luego un instrumento impulsor, pero hacen mucho más daño que beneficio. Fomentan la vanidad y la envidia o la depresión y la apatía. El único estímulo debería ser el interés y la sed de conocimientos inculcado en los niños por un maestro inspirador.

Los materiales e instrumentos para las escuelas no tienen vida y acaban en la mecanización de la enseñanza, a menos que estén en manos de maestros llenos de espíritu inventivo. Los mejores tipos de aparato son los ideados por cada maestro y hechos por los niños en la escuela.

(JOSE CASTILLEJO, «Guerra de ideas en España», Revista de Occidente. Madrid, 1976, págs. 83-85.)