Presentación

Contenido

La exposición pretende mostrar más que el aspecto externo y monumental del teatro romano, su funcionamiento y la mecánica, contenido y recursos de los diversos tipos de espectáculos escénicos.

De esta manera, a través de los diferentes ámbitos, podemos realizar un recorrido desde el origen del teatro en lengua latina, su evolución, intentando distinguir entre teatro representado y teatro lerdo.
Se atiende a los diferentes géneros teatrales, empezando lógicamente por la tragedia y la comedia, pero insistiendo en los que gozaron de una mayor popularidad, es decir, el mimo y el pantomimo. No se dejan tampoco de lado los elementos esenciales de la coreografía, la música y la danza.

El ámbito uno se centra en los géneros y los autores dentro de un espacio en el que cobran protagonismo las máscaras. El segundo ámbito se dedica al marco escénico para hacer más comprensible su funcionamiento. En el tercero se intenta plasmar el trasfondo religioso que tuvo el teatro del que se aprovechó la propaganda del culto imperial; los motivos teatrales sirvieron asimismo como temas para la ornamentación de monumentos funerarios. El cuarto ámbito se refiere a las propias representaciones teatrales que nos han llegado sobre los más diversos soportes: mosaico, pintura, vasos cerámicos, lucernas.

También se ilustran los acompañamientos escénicos, en especial los instrumentos musicales. Cierra la exposición un quinto espacio centrado en los actos y el público, mostrando los diferentes personajes y, respecto a los espectadores, algunos asientos reservados y las consideradas fichas de entrada a las funciones.

El teatro en la época romana iba más allá de lo que podemos esperar de un género literario, para entroncar desde sus más remotos orígenes con la religión, en especial la del dios Dionisio [Figura 1]; los elementos iconográficos constituyen un testimonio perenne. Y dentro de la religión, los teatros romanos jugaron un papel esencial para la propaganda dinástica y el culto imperial.

Gracias a la arqueología, conocemos cada día mejor los espacios para las representaciones, tanto en lo que concierne a las instalaciones provisionales como a los teatros estables, y también a las remodelaciones diversas que experimentaron ciertos teatros para adecuarlos a otro tipo de espectáculos, lo cual es especialmente frecuente en la mitad oriental del Imperio, donde los juegos de anfiteatro, a falta de edificios construidos a este propósito, tenían lugar en los teatros [Figura 2]. Un apartado que no deja de despertar interés y curiosidad es el dedicado a los montajes y a los decorados, la maquinaria y los trucos escénicos. Un hecho bien documentado es el del uso del telón que, a diferencia de los nuestros, no bajaba, sino que ascendía verticalmente desde una fosa situada delante de la escena [Figura 3].

Capítulo ampliamente representado es el de los actores que llevaban el rostro cubierto con máscaras cuyos tipos sabían reconocer de inmediato los espectadores; a excepción del mimo, en el que intervenían también las mujeres, los actores eran siempre hombres que interpretaban asimismo los papeles femeninos, revestidos de la correspondiente máscara [Figura 4]. Es muy abundante la documentación arqueológica al respecto, lo cual ha permitido reunir aquí un elenco muy representativo en diferentes soportes.

Finalmente, el público. Las clases sociales privilegiadas tenían sus localidades reservadas, debidamente indicadas en lugar preferente. También las corporaciones ocupaban sectores acotados, según sabemos por las inscripciones grabadas en los asientos [Figura 5], como las del teatro de Tarraco que se presentan en la exposición.

En suma, el objetivo último de El TEATRO ROMANO. LA PUESTA EN ESCENA es presentar el teatro como el reflejo de una sociedad en evolución, tanto en la escena como en el graderío, además de poner de relieve obras, argumentos, técnicas y formas de representación.

Las obras teatrales

Si queremos ver el teatro romano como una creación original, más allá de sus precedentes griegos y de los elementos orientales presentes en los mismos, deberemos fijarnos en los géneros o formas de teatro que más cultivaron los romanos de acuerdo con las preferencias del público al que iban dirigidos.

Aparentemente, el teatro romano presenta las mismas características literarias que el griego, y sus formas principales serían también la tragedia y la comedia.

La tragedia romana, presente prácticamente desde los orígenes de la literatura latina, es sin duda alguna un derivado secundario de sus modelos griegos. Hay una general coincidencia en que no produjeron en su público el fenómeno catártico que producía entre los atenienses la tragedia griega. Era más bien un producto cultural, y de ahí el hecho de que el propio Julio César hubiera escrito en su juventud tragedias que después mandaría destruir, o bien que se discuta, con razón, si las tragedias de Séneca fueron o no representadas en su totalidad.

La comedia tuvo, aparentemente, mejor suerte. En realidad hubo dos formas de comedia: la fábula palliata, derivada directamente de los griegos, y la fábula togata que representa una adaptación a tipos romanos, una especie de comedia costumbrista con panaderos y tintoreros que se reconocen por las huellas de su oficio en su vestimenta y en su propio cuerpo, como el tinte en las piernas que causaba la hilaridad del público.

No cabe duda de que el valor literario principal fue alcanzado por la fábula palliata, dado que escribieron comedias de este tipo Terencio y Plauto. Esta comedia culta se inspiró fundamentalmente en la comedia nueva griega y, concretamente, en la obra de Menandro.

La togata, en cambio, a pesar de que parece haber tenido una gran popularidad que obtuvieron autores como Afranio o Titinio, no consiguió el relieve literario, o si se quiere escolar, suficiente, para que se nos conservaran textos en su total integridad y lo que sabemos de ella depende de las curiosidades o popularismos lingüísticos que quisieron recoger los gramáticos latinos.

El origen del teatro en Roma, no obstante, parece independiente de esta influencia griega. Cuenta Tito Livio que el teatro nace cuando jóvenes romanos quisieron imitar lo que hacían histriones etruscos, suplantando la personalidad de los personajes políticos más populares de Roma. La vena satírica quedaba clara y el carácter de crítica social que comportaba, también. De aquí que el teatro fuera objeto en la República romana de una rígida censura en todas sus especialidades. El teatro antiguo, y el primitivo teatro etrusco y romano no fueron una excepción, se basa en la existencia de la máscara, en latín persona, de donde deriva personaje, que en etrusco se denomina phersu, derivado probablemente del griego prosopon. La representación etrusca de los histriones es conocida como farsa, en clara alusión a su condición de amalgama o de relleno y el hilo argumental se denomina trica, de donde viene intriga.

Las representaciones satíricas romanas evolucionan desde las primitivas formas etruscas a variantes más autóctonas entre las cuales conviene destacar la fábula atellana que parece derivar de la ciudad de Atella donde tendría su origen. La fábula atelana es una especie de comedia del arte con personajes estereotipados de los mismos perfiles. Un fanfarrón que lleva el nombre de Buccus, una especie de bocazas, un insulso e inocente enamorado, Maccus, un personaje orgulloso que se presenta incluso con cresta, de nombre Cicirrus, o bien un viejo avaro, taimado y deforme, de nombre Dossennus.

En suma, casi un juego entre arlequines, colombinas, alcahuetas, padres celosos, engaños e intrigas amorosas. Este género tuvo un cierto éxito entre el público romano y constituye por sí mismo, hasta época muy reciente, una de las vías más fértiles de improvisación teatral.

Parece, sin embargo, que el género más popular y de mayor pervivencia en el mundo romano fue el mimo. El mimo presenta como característica, al contrario de los demás géneros, el hecho de que los papeles femeninos son representados por mujeres. En el mimo y el pantomimo juega un papel preponderante la expresión corporal y también las acciones miméticas, es decir, imitativas. La popularidad de este género llevó a ciertos paroxismos a fin de satisfacer al público, tales como la nudatio mimarum, una especie de «striptease», o bien ejecuciones y torturas reales en escena.

El mimo, basado fundamentalmente en la acción, tiene evidentemente un texto muy limitado que describía el argumento.

Los edificios

Roma contó muy tarde con edificios teatrales. Anteriormente, la representación se hacía mediante estructuras efímeras de madera; el primer teatro estable fue construido por Pompeyo Magno que lo justificó como anejo al Templo de la Libertad en Roma.

El teatro fue elemento indispensable de las festividades religiosas y públicas, siguiendo en ello las tendencias griegas. Las comedias de Plauto y de Terencio son un ejemplo evidente al indicar su tradición textual los festivales en que fueron representadas. El uso político del teatro ha sido ya comentado al hablar de sus orígenes en Roma; los ediles leen o se hacen leer las obras para controlar su contenido en aras no sólo de la moral pública sino de la conveniencia política.

Por lo que a la acción teatral respecta, hemos de destacar que las formas clásicas griegas prácticamente se bastan con los frentes de escena tradicionales de tres puertas que tienen un significado convencional para el movimiento teatral. Esto no impide que se añadan elementos de tramoya o incluso grúas de las que se descuelgan personajes de donde el famoso dicho deus ex machina. Evidentemente, cuando se trata de mimo o de pantomino, el decorado es más realista y complejo.
Los edificios proporcionan cada vez mejores adelantos para comodidad del público y eficacia escénica: cubiertas de tela protegen del sol en forma de toldos, o bien de la base del escenario se eleva un telón movido por complejos sistemas de poleas y contrapesos. Se añaden jardines (peristilos) y fuentes lujosamente decoradas de manera que constituyen, más allá de la propia representación teatral, espacios urbanos de recreo.

El teatro, como espacio público de representación, cobra múltiples usos que van seguramente desde asambleas a declamaciones y conciertos. Su espacio va siendo cada vez más profusa mente ornamentado y se va vinculando a él, en época imperial romana, la representación dinástica como homenaje a la augusta familia. Las figuras de emperadores en edificios teatrales son más que frecuentes y los centros de exaltación o de culto imperial relacionados con estos edificios se repiten, al menos en época julio-claudia y flavia, momento de la construcción de la mayoría de los grandes teatros [Figura 6].

La decadencia del teatro es evidente en época tardía cuando estos edificios son literalmente asaltados y ocupados por viviendas, comercios o talleres que se encaraman y se cuelgan de sus graderíos y escenario. Se trata de un indicio evidente de la seria condena a la que es sometido el teatro tradicional por parte del cristianismo.

Los actores

El teatro representa a la sociedad en dos niveles distintos. En el escenario, donde incluso a través de personajes pretendidamente griegos, se representa la sociedad romana. Las formas grotescas de los esclavos, con atributos sexuales exagerados, se unen a las altisonantes bravatas de soldados fanfarrones o a las esperanzas frustradas de amantes bobalicones, ayudados por sirvientes que buscan su propio interés. Lo mismo sucede en el graderío, donde un riguroso orden jerárquico hace patente la división en clases de la sociedad romana [Figura 5]. Asimismo, las mujeres no son admitidas a todo tipo de espectáculos, aunque sí a los más populares.

Los actores gozan de gran fama aunque, como ha ocurrido durante muchos siglos, de un prestigio equívoco. Las compañías teatrales son estables y, a pesar de ello, itinerantes. Se las contrata para eventos concretos y, muy posiblemente, pueden ser comparadas con las de la Francia de Moliere o bien con las compañías que actuaban en ferias y corrales de comedia en la España del Siglo de Oro.

Nos hemos detenido al empezar esta breve descripción en los orígenes del teatro romano, pero no hemos insistido demasiado en la íntima vinculación con las manifestaciones sociales que comporta el teatro, desde las procesiones funerarias donde personajes con máscara representan a los antepasados en la pompa circense que, a modo de desfile, precede a los espectáculos. En el fondo, la parodia, como ha sido demostrado, es el elemento esencial del teatro antiguo.

La máscara [Figura 4] es el factor principal identificativo en las formas tradicionales donde los papeles, incluso los femeninos, son representados por hombres. La rigidez expresiva de la máscara define al personaje que se mueve, además, con una gestificación codificada que el público comprende más allá de que tenga una forma realista. Algo así sucede, por ejemplo, con las representaciones sicilianas de marionetas («pupi») donde una codificación conocida por el público sirve para expresar, con un repertorio muy limitado, todo tipo de sentimientos y estados de ánimo.

Por Isabel Rodá de LLanza, comisaria de la exposición

Bibliografía

BEACHAM, R.C., The Roman Theatre and its Audience, Londres, 1991.
BEARE, W., I romani a teatro, Roma-Bari, 1993 (2ª ed., trad. ed. inglesa).
BIEBER, M., The History of the Greek and Roman Theater, Princeton-Londres, 1961 (2ª ed.).
D’ANDRIA, F., ed., Lecce romana e il suo teatro, Fondazione Memmo, Lecce, 1999.
DUPONT, F., Le théatre latín, París, 1988.
GENTILI, B., Theatrical Perfomances in the Ancient World. Hellenistic and early Roman Theatre, Amsterdam-Uithhoorn, 1979.
HUBERT, M.C., Histoire de la scéne occidentale de l’Antiquité à nos jours, París, 1992.
INAMA, V., I teatro antico greco e romano, Milán, 1910 (reimpr., Milán, 1977).
LANCHA, J., Mosaïque et culture dans l’Occident romain (Ier-IVe s.), Roma, 1997.
PARIS, R., ed., Persona. La maschera nel teatro antico, catálogo de la exposición, Roma; 1990.
Spectacula-II. Le théatre antique et ses spectacles (Lattes 1989), ed. Ch. LANDES- V. KRAMÉROVSKIS, Lattes, 1992.