Retrato de Francisco del Mazo

Retrato de Francisco del Mazo

Retrato de Francisco del Mazo
Hacia 1815-1820
Óleo sobre lienzo
91 x 71 cm
Castres, Musée Goya,
num. Inv. 894-5-3

El personaje de este retrato era todavía muy enigmático hasta hace muy pocos años. Si bien pudo identificársele hace tiempo gracias al cartel que sostiene en su mano derecha, donde se distingue su nombre y la mención Calle Santander. Madrid, hasta 1987 no pudo encontrar Nigel Glendinning la fecha de nacimiento de Del Mazo. Nació el 12 de octubre de 1772 en Penilla de Cayón, a unas decenas de kilómetros de Santander, en los montes cantábricos. Muy joven, a los 17 años, se encontraba en Madrid, en casa de un tío materno, Sixto García de la Prada, próspero negociante establecido cerca de la Puerta del Sol. El hijo de éste, Manuel García de la Prada (m. 1839) fue un célebre banquero y coleccionista, poseedor de prestigiosas obras de Goya que legó a la Real Academia de San Fernando. Manuel García de la Prada desempeñó un importante papel durante la ocupación francesa de 1808-1813; estaba ligado al mundo de las finanzas, particularmente al Banco de San Carlos, del que fue director de 1794 a 1796. Francisco del Mazo, siguió, pues, una trayectoria en cierto modo similar a la de su primo hermano, ya que en 1793 ocupa un puesto de «agente de casa» en la mansión de los duques de Alba.

En 1804-1805 forma parte de la Junta de Gobierno de la Banca de San Carlos, muchos de cuyos miembros es sabido que fueron retratados por Goya. Llegó en 1815 a ser primer contable del Monte de Piedad de los Caballeros Hijosdalgo de Madrid y a ostentar el título, más honorífico que efectivo, de Alguacil Principal de la Inquisición de Logroño.

Al contrario que García de la Prada, quien tuvo que exiliarse en Francia a la vuelta de Fernando VII, Del Mazo parece que conservó el puesto a pesar de la depuración absolutista. Además, puesto que se desconoce la fecha de su fallecimiento, no es imposible que hubiese intervenido en los asuntos que enfrentaron a Goya con la Inquisición, al abrírsele proceso al pintor a causa de las Majas. No tenemos prueba de ello, al igual que se nos escapa la razón de ser de este retrato que debió encargarse a Goya con algún motivo muy particular y pagáronle su precio a pesar de que las manos del modelo no están a la vista.

De todos modos, la ejecución del cuadro es de la mayor calidad, sobria en la gama de colores, con negros aterciopelados y profundos, y con la economía de medios característica del maestro aragonés, que no vaciló en esquematizar el respaldo del asiento y en insinuar los detalles de luz con dos arrastres de ocre amarillo sobre un fondo verde grisáceo uniforme. Del Mazo presenta una fisonomía algo ruda, acentuada por la abundante cabellera negra y las cejas y patillas espesas. Su mandíbula voluntariosa, los labios un poco gruesos, la mirada intensa, denotan a la vez fuerza de carácter, inteligencia y obstinación. Sin embargo, la ligera sonrisa sugiere una cierta buena disposición del modelo hacia el retratista, a quien debería conocer de mucho tiempo atrás, gracias a su primo y a su íntimo amigo común, el prestigioso hombre de letras Leandro Fernández de Moratín.

Así, Goya nos da a conocer a esta élite española activa y poderosa. Testigo del cambio de los tiempos, sabe mejor que ningún otro pintor atrapar la personalidad de su modelo, evocando con todo verismo la sociedad de la que forma parte.

Jean-Louis Augé.